Bienvenidos a OBJETIVO TRADICIÓN, un proyecto que se basa en el estudio y la divulgación del patrimonio cultural inmaterial tan rico que posee España. Te invitamos a conocerlo a través de los ritos, costumbres, fiestas, tradiciones, folklore... que traemos hasta este espacio. ¡Gracias por tu visita!

miércoles, 7 de diciembre de 2016

“LA CARIDAD DE CASTAÑAS” DE EL CARPIO DE TAJO

Entre las muchas tradiciones que conserva la localidad de El Carpio de Tajo, en la provincia de Toledo, se encuentra la fiesta de las castañas o de la “caridad de castañas. Una celebración que tiene su origen en el reparto de una caridad a base del fruto mencionado que siglos atrás hacía la Cofradía de la Inmaculada Concepción a los más necesitados del lugar.

Pasados los siglos, la tradición se mantiene muy viva por la alta participación de las niñas y niños carpeños que cada año en la víspera de la Inmaculada acuden hasta la iglesia parroquial a recoger las castañas. El reparto de la caridad era y sigue siendo muy común en las cofradías, y supone una manera de ayudar al más desfavorecido. Por norma general la caridad suele ser un panecillo, una torta, un trozo de pan con queso… Encontramos en Carpio esta tan peculiar consistente en castañas, algo que llama la atención, pues no es precisamente la comarca en la que se sitúa este pueblo territorio en el que predominen los castaños, más propios de lugares de sierra. Lo que nos da una idea de lo valiosa que era esta aportación en épocas pasadas por el hecho de ser un fruto que no se tenía al alcance de la mano ni del bolsillo a diario.

Cada 7 de diciembre por la tarde, las mujeres carpeñas acuden a la iglesia con cestos repletos de castañas que ofrecen a la Virgen -que se encuentra engalanada con flores en el altar mayor- y que posteriormente son bendecidas por el señor cura. Los más pequeños aguardan impacientes a las puertas del templo y preparados con sus bolsas o cestas para recogerlas. Las mujeres comienzan a arrojar las castañas en el interior de la iglesia, pero es en la calle donde el ritual adquiere todo su protagonismo. Los más pequeños y también los mayores se afanan en recoger las castañas que las portadoras de los cestos tiran al suelo. Una fiesta en la que los niños son protagonistas al igual que en la fiesta de “las castañas de San Dieguito” de Novés, pueblo situado en la misma comarca.


Una vez que los niños y niñas han recogido el preciado fruto, las mujeres se dispersan por las calles de El Carpio para repartir las castañas entre sus vecinos y familiares, y entre quienes se cruzan a su paso. Me contaban que también los vecinos y los propietarios de los comercios abren sus puertas para que les arrojen un puñado de castañas, manteniendo la creencia de que habiendo cumplido con este ritual, no les faltará el sustento en todo el año. Manda la tradición que por cada castaña que se consuma se debe rezar una Salve, práctica estrechamente relacionada con la fiesta litúrgica que se celebra: la Purísima Concepción.





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domingo, 27 de noviembre de 2016

TRADICIONES GASTRONÓMICAS. EL "GUISO DE LAS BODAS DE CAMACHO" DE ALCÁZAR DE SAN JUAN


Cada año a finales del mes de noviembre, la localidad ciudadrealeña de Alcázar de San Juan, el "Corazón de La Mancha", viene celebrando desde hace más de una década una importante fiesta gastronómica basada en el pasaje del Quijote en el que se narran las Bodas del rico Camacho y la bella Quiteria.

Una iniciativa turística bien consolidada que edición tras edición sigue congregando a un numeroso público que acude hasta la localidad manchega para disfrutar de su exquisita gastronomía. En estas jornadas el plato estrella es el tradicional guiso que decenas de establecimientos preparan basándose en lo que narra la universal novela de Miguel de Cervantes en el capítulo XX de la segunda parte:

"Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas, porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase.

Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros de pan blanquísimo como los suele haber de montones de trigo en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejadosXII, formaban una muralla, y dos calderas de aceite mayores que las de un tinte servían de freír cosas de masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en otra caldera de preparada miel que allí junto estaba.

Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta, todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante, que podía sustentar a un ejército.



Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba y de todo se aficionaba. Primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los zaques, y últimamente las frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y con corteses y hambrientas razones le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondió:

—Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón, y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.


—No veo ninguno —respondió Sancho.



—Esperad —dijo el cocinero—. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para poco debéis de ser!"


Los platos que componen el menú de estas conocidas jornadas gastronómicas de Alcázar de San Juan (este año en su XII edición) incluyen queso manchego, lomo de orza, chorizo, el tradicional "guiso de bodas" a base de albóndigas y carne de gallina en salsa, y en los postres la deliciosa bizcochá manchega y los mantecados manchegos acompañados por la típica mistela. Sin duda, un verdadero festín que recupera tradiciones manchegas, en este caso la tradición culinaria tan rica y variada de esta Región y Comarca, al mismo tiempo que promociona la Tierra del Quijote en el "Corazón de La Mancha".

Y por supuesto nadie se puede ir de Alcázar de San Juan sin visitar su rico patrimonio distribuido en un amplio abanico de museos, iglesias, conventos, y lugares cervantinos que dan fama a este lugar, como también lo hacen las interesantes tradiciones que se suceden a lo largo del año, como son su Carnaval declarado de Interés Turístico Regional, único por la fecha en que se celebra -finales de diciembre-, o las Fiestas de Moros y Cristianos en junio.

*Fuente consultada para incluir el fragmento de Don Quijote de La Mancha: Centro Virtual Cervantes-Instituto Cervantes. www.cvc.cervantes.es


Molinos de Alcázar de San Juan
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domingo, 18 de septiembre de 2016

EL BOTARGA DE BELEÑA DE SORBE (GUADALAJARA)


Muchos son los pueblos de la provincia de Guadalajara que cuentan en sus celebraciones festivas con la presencia de “el botarga” o “la botarga”. Una figura enigmática que según el momento de su aparición representa el bien o el mal y que siempre viene asociado a ritos de invierno. Por lo general, lo encontramos ataviado con un atuendo arlequinado, portando careta demoníaca, cachiporra y campanillas o cencerros que advierten de su presencia y además ahuyentan los malos espíritus de la comunidad.

La pequeña localidad de Beleña de Sorbe, cercana a Cogolludo, revive cada año esta ancestral tradición con motivo de las fiestas de las Candelas en el mes de febrero. Este año tuve la oportunidad de conocer esta fiesta junto a sus protagonistas, y ellos fueron quienes me aportaron curiosos datos de la evolución de la misma para poderlo plasmar en este artículo. El botarga de Beleña a lo largo de los años ha conseguido mantenerse como seña de identidad a pesar de los altibajos que ha sufrido la tradición. Me comentaban que cuando comenzó la despoblación del lugar en torno a los años setenta del siglo pasado, la celebración se perdió durante algunos años estando a punto de desaparecer. Más adelante se consiguió recuperar en las fiestas de agosto y ya en los años noventa el tesón de los vecinos consiguió que la salida del botarga volviera a su fecha tradicional en el mes de febrero, incorporando además la presencia de otro botarga más. En el momento actual la tradición está viviendo un buen momento y se mantiene cada año con la aparición de los dos botargas, algo que ya ha quedado como algo habitual en las fiestas de las Candelas.

La figura del botarga en Beleña es respetada y querida por todos, más aún en la actualidad puesto que supone un gran esfuerzo por mantener viva la fiesta. Los llamativos atuendos arlequinados de estos dos personajes están confeccionados a base de piezas de tela de color rojo y verde. En el tiro del pantalón llevan cosida una bola de tela que se denomina “higa” y que antaño iba toda cubierta de alfileres para que los muchachos se pincharan al intentar tocarla o arrancarla. A la cintura llevan una correa de cuero de la que cuelgan campanillas que en todo momento hacen sonar cuando salen a las calles de Beleña. Quizá los elementos más característicos a la vez que enigmáticos sean la careta, la cachiporra, las castañuelas y la naranja. Actualmente se conservan dos caretas, una más antigua y otra nueva que un vecino realizó hace unos años. Son de madera y poseen bigotes de cerdas, unos terroríficos dientes, nariz pronunciada y grandes ojos que las confieren un aspecto misterioso y demoníaco. Las castañuelas de gran tamaño son también de madera y con ellas recogen los donativos que los vecinos les entregan. Las cachiporras, rematadas por una cabeza con aspecto humano, las emplean para golpear a los vecinos de Beleña, práctica que puede considerarse como rito propiciatorio de buena suerte, o si es a una mujer, rito relacionado con fertilidad. Y es que llama la atención que ambas, en la parte posterior del mango adquieren aspecto fálico, lo cual podría hacer referencia a ese carácter fertilizador al que aludo. La presencia de la naranja tampoco es casualidad, pues estamos ante un fruto con importantes connotaciones que simboliza la fertilidad. Por un lado puede referirse a la fertilidad de la mujer que el botarga propicia cuando la ofrece a las féminas para que la huelan, y por otro a la fertilidad de los campos aludiendo a la proximidad de la primavera, al despertar de la naturaleza.

Actualmente la fiesta se celebra el fin de semana más cercano al dos de febrero, día en que se festeja a la Virgen de las Candelas. La aparición de los botargas tiene lugar en la mañana del sábado, acompañados por otra importante figura que es la del “mayordomo”. Éste último me contaban que antiguamente era un cargo al que se accedía por ofrecimiento o en cumplimiento de una promesa, o que incluso eran parejas que se habían casado en el último año. En la actualidad lo encarna un vecino que se ofrece para dar continuidad a la tradición y para acompañar a los botargas en su recorrido por el pueblo. El mayordomo lleva al hombro unas alforjas de tela donde va depositando las donativos que los botargas recogen en la cuestación que hacen por todas las casas del pueblo. En esas primeras horas el papel de los enmascarados es el de despertar a sus vecinos y pedirles dinero. Nadie conoce su identidad hasta el momento en que llegan a la puerta de la iglesia para entrar a misa y se descubren. El sonido de las campanillas anuncia su llegada y en muchas ocasiones en las casas en las que hay mozas durmiendo, entran para despertarlas y hacerlas bromas. A media mañana las campanas de la iglesia de San Miguel anuncian la hora de misa y los botargas en el atrio del templo se descubren el rostro y dejan en la puerta caretas, campanillas, cachiporras y castañuelas, y acceden al interior permaneciendo en la parte de atrás junto a la puerta. Tras la misa llega la procesión con la imagen de la Virgen que porta una vela, y a la que acompañan los botargas. Al finalizar se puja por los brazos de las andas y se introduce la imagen de nuevo en la iglesia. A la salida los botargas esperan en la puerta y ofrecen a besar un crucifijo a todos los fieles que salen, y que deben depositar limosna en un cestillo que uno de ellos sujeta. Podríamos decir que en estas partes de la fiesta en que participan de la celebración religiosa, adquieren un carácter bondadoso.


Es muy enriquecedor conocer directamente a los protagonistas de las tradiciones. En la mayoría de mis salidas procuro entrevistarme con ellos, pues son quienes mejor pueden expresar el sentir y las vivencias que regala el hecho de participar en la fiesta. En Beleña tuve la suerte de hacer el recorrido íntegro junto a los botargas y el mayordomo, y en el momento de su descanso en casa de éste último, fue un placer para mí poder escucharles hablar de la tradición del botarga y observar el deseo de que no desparezca. En esta ocasión los botargas eran dos chicos jóvenes, Daniel Domingo del Val y Álvaro Gómez Viana, y el mayordomo Demetrio, un vecino amante de las tradiciones de su pueblo que este año había accedido al cargo para mantener viva esta fiesta y poner su granito de arena para que no desaparezca. Desde estas líneas doy las gracias a cada uno de ellos por su acogida y amabilidad y por haberme permitido vivir una fiesta que llevaba muchos años queriendo conocer y que para nada me dejó indiferente.

Los botargas corren detrás de sus vecinos

Haciendo cuestación por las casas

Una de las caretas del botarga

La otra máscara

A la espera de la misa

El botarga y sus preseas

La cachiporra, las castañuelas y la naranja

Los botargas piden limosna a la salida de la iglesia

La Virgen de las Candelas en procesión

*Todos los textos, así como las fotografías y archivos de vídeo, son propiedad del autor.

LAS LUMINARIAS DE SAN ANTÓN EN SAN BARTOLOMÉ DE PINARES (ÁVILA)


En la Comarca abulense de Pinares se encuentra el bonito pueblo de San Bartolomé de Pinares, lugar donde los ritos de invierno toman especial protagonismo durante las fiestas de San Antón.

Este pueblo honra a San Antonio Abad los días 16 y 17 de enero, cuando se encienden por todas sus calles las tradicionales luminarias con el objetivo de ahuyentar lo malo para dar entrada a lo bueno, lo nuevo, lo purificado. Esta fiesta está estrechamente ligada al poder que se atribuye al Santo de proteger a los animales, y sabemos que en tiempos pasados tuvo gran importancia y arraigo puesto que éstos eran el medio principal para poder subsistir, pues con ellos se trabajaban las tierras, proporcionaban sustento… Pero hay un animal que cobra absoluto protagonismo en esta fiesta, me estoy refiriendo al caballo. La víspera de San Antón –el 16 de enero- se encienden por la noche las luminarias que los jinetes saltan con sus caballos. Supone este un importante rito en el que se persigue la protección de estos animales a través del fuego purificador.

La noche de las luminarias, según me contaron algunos bartolos con los que tuve la oportunidad de hablar, es espectacular, mágica. El fuego y el humo lo envuelven todo y tan solo se escucha el crepitar de las hogueras y el golpear de las herraduras de los caballos contra el suelo de las calles de San Bartolomé. Pero hay muchos otros momentos de la fiesta que merece la pena conocer y vivir, como es la mañana de San Antón cuando la mayordomía sale a recorrer las calles del pueblo para “dar a besar al Santo” a sus vecinos.

Tuve este año la suerte de poder disfrutar de la celebración del día de San Antón desde primera hora de la mañana. En este día toman absoluto protagonismo el mayordomo y los dos jurados que le acompañan. Montan sobre sus caballos ricamente engalanados con vistosas flores y cintas de papel. El mayordomo porta una vara con la imagen de San Antón decorada con un lazo rojo; los dos jurados llevan también una vara cada uno rematadas con una cruz. La mayordomía la componen cada año personas distintas que se han ofrecido en cumplimiento de una promesa o simplemente por mantener viva esta bonita tradición.

El 17 de enero muy temprano, los vecinos encienden de nuevo las luminarias en las que se queman infinidad de ramos de retama que producen un espeso humo blanco que impregna todo el pueblo. Me llamó mucho la atención la preciosa estampa que se puede observar cuando vas llegando al lugar: una enorme nube blanca cubre las casas como si de niebla se tratase. La comitiva recorre cada una de estas luminarias y de nuevo, como hicieran la noche anterior, el mayordomo y los jurados pasan con sus caballos sobre las hogueras para “ahumar al Santo”, nombre con el que se conoce en San Bartolomé a este ritual de la mañana del día grande. Van acompañados en todo momento por la gaita y el tambor que interpretan el repetitivo y exclusivo toque conocido como “San Antón ton ton torón”, nombre onomatopéyico que hace alusión a la repetitiva melodía que interpretan los instrumentos.

Pero lo que más emociona y llama la atención es ver los rostros de los vecinos que salen a recibir a la mayordomía y al santo. Los mayores se emocionan, incluso hay algunos que por su edad o por problemas de salud no pueden apenas salir de sus casas, y en este día hacen un gran esfuerzo movidos por la devoción para recibir y besar la vara de San Antón. Es muy habitual escuchar a los vecinos y a los mayordomos pronunciar estas frases: “salud para todo el año” y “que lo veamos a otro año”. En todas las luminarias se reúnen los vecinos y ofrecen a todo el que lo desee dulces y licores, y aprovechan la presencia de la gaita y el tambor para bailar una jota. Así transcurren las primeras horas de la mañana en San Bartolomé de Pinares, hasta que a media mañana el repicar de las campanas convoca a los vecinos a la celebración de la misa y la procesión. La imagen de San Antón recorre las principales calles del pueblo pasando de nuevo entre las luminarias para “ahumarse”.


Una fiesta entrañable, cargada de ritos y momentos significativos que se convierte en punto de reunión para los bartolos y curiosos que en esos días visitan la localidad. Tuve el placer de acompañar durante todo el recorrido al mayordomo y a los jurados que me recibieron muy amablemente y me explicaron algunos aspectos de la fiesta. A ellos, encabezados por Antonio Parro, el mayordomo de este año, mi agradecimiento; así como a Ángel, quien gestiona la página dedicada a las luminarias y que me facilitó información para poder acudir a esta bonita fiesta.
El pueblo envuelto por el humo de las luminarias

Los vecinos reciben a los mayordomos

El jurado a lomos de su caballo

"Ahumando al Santo" en las luminarias

El mayordomo y los jurados

Los vistosos adornos de los caballos

Los caballos ricamente engalanados

Portadores de la tradición

El respeto al caballo

Los animales reciben el fuego purificador

Procesión de San Antón

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo, son propiedad del autor.

domingo, 14 de febrero de 2016

LA PASTORELA DE BRAOJOS DE LA SIERRA


Braojos de la Sierra es un precioso pueblecito de la Sierra Norte de Madrid que atesora y conserva tradiciones únicas. Una de las más representativas es la que cada año celebra en fechas navideñas y que supone una de sus mayores señas de identidad. Se trata de “La Pastorela”, una danza pastoril de adoración al Niño Jesús que ejecutan varios hombres del pueblo ataviados de pastores y que hunde sus raíces siglos atrás, muy probablemente en época medieval.

En la actualidad tiene tres fechas de celebración: la Misa del Gallo, la Misa de Navidad y la Misa del día de Reyes. En origen esta danza se ejecutaba solamente en la Misa del Gallo, a la que acudían los pastores de aquella sierra para ofrecer sus corderos y sus danzas al Niño Dios. Me cuenta mi informante Luís García Siguero que se añadieron los otros dos días (1 y 6 de enero) allá por el primer cuarto del siglo XX (aproximadamente 1920), gracias a un párroco de origen segoviano que se mostró muy interesado por el mantenimiento de las tradiciones y el folklore.

La Pastorela se compone por varios pastores danzantes y un zarragón, siendo este último el que dirige la danza y el que marca los tiempos de la misma evolucionando de delante hacia detrás entre las dos filas de pastores que se sitúan delante del altar donde el sacerdote celebra la misa. Luís García, gran conocedor de la tradición, me aportó datos interesantes que nos muestran la gran importancia que ha tenido la Pastorela a lo largo de toda la historia de Braojos y especialmente en su familia. Su padre, Valentín García, nació en 1912 y cuando fue mozo (unos 18 años), comenzó a bailar como zarragón. Durante un período de tiempo descansaría por motivos familiares, para volver en 1957 a ejercer este papel que tan perfectamente me cuentan que desempeñaba. Desde esa fecha hasta que tuvo 84 años (años 90) no faltó ni una sola Pastorela. Tras él llegó Ignacio, a quien el señor Valentín entregó el bastón o cayado pasándole así el testigo de la tradición, y que desempeña el cargo de zarragón hasta la fecha. Los pastores suelen ser entre 8 y 10, que danzan formando dos filas entre las que marca el ritmo de la danza el zarragón. Me llama la atención la coincidencia de la figura del zarragón con otras danzas de otras partes de España, en las que la persona que guía o dirige la danza recibe el mismo nombre; es el caso de los danzantes de Galve de Sorbe, en Guadalajara, o de otras danzas de la provincia de Segovia.

Uno de los aspectos más llamativos de esta tradición es la vestimenta de los hombres que componen la Pastorela. Van ataviados como lo hicieran los pastores en otras épocas en esta comarca en la que el ganado ha sido una de sus principales actividades económicas. Me aportó mi informante un dato de gran importancia que nos muestra la pervivencia de este tipo de vestimenta que ahora podríamos clasificar como traje típico o regional, y que hasta hace algunas décadas era el modo de vestir más común entre las gentes de Braojos y alrededores. Recordaba Luís que esos mismos trajes que usaban los pastores también se usaban para ir a labrar. Me cuenta que los más mayores recuerdan que uno de los últimos hombres que lo usaron fue su abuelo, que se lo ponía para ir a arar. Estaríamos hablando de 1925 aproximadamente según me indica. Los pastores visten pantalón de cuero estezado de vaca, camisa blanca, chaleco de cuero estezado de cabra, delanteras de cuero de vaca, medias de lana y albarcas. Sobre sus espaldas llevan morrales que según me indica Luís son como los que llevaban los pastores trashumantes a tierras extremeñas. En su mano portan el bastón o cayado con el que van marcando los tiempos de la danza al son de los cantos. Se conservan dos bastones para el zarragón, uno más antiguo realizado con madera de fresno y roble, y el que usa Ignacio actualmente que es de pino y que fue elaborado por Cipriano, uno de los pastores que bailaba, que lo encontró en la sierra doblado por el peso de la nieve tomando la forma tan característica que presenta.

Hasta hace algunos años el zarragón llevaba en el morral un cordero que era ofrecido al Niño Jesús, como se viniera haciendo desde los orígenes de la tradición. Me contaba Luís que al animal se le ataban tres de sus patas quedando una libre para que no se saliera del morral; no se le ataban las cuatro porque si no se “implaba” y corría el riesgo de morir. En la actualidad al haber menos ovejas y menos gente dedicada a la ganadería, es más complicado conseguir el cordero, por lo que desde hace algunos años el zarragón no lo lleva.

La Pastorela danza en varios momentos de la Misa que son cantados por el coro, como son el Kirie, el Gloria, el Credo, el Agnus Dei, el momento de la Adoración del Niño, y al finalizar la Eucaristía. Los pastores para iniciar la danza dan un golpe fuerte con el cayado en el suelo, y mueven sus brazos levantados de derecha a izquierda y viceversa al ritmo de las canciones, y a compás con los pies. El coro forma parte esencial en la Pastorela, y se encarga de entonar algunos de estos cantos en un latín de carácter popular, siendo el resto villancicos. Para ello utilizan instrumentos tradicionales tales como la botella de anís, la pandereta, los huesos o arrabel, el pandero, los hierros… todos ellos como vemos objetos del menaje del hogar que era lo que en otra época las gentes de los pueblos tenían al alcance. En la actualidad los huesos son el instrumento más antiguo de todos, pues me contaba Luís que en 1896 ya estarían en casa de su abuelo y fueron pasando por las manos de varias familias hasta la actualidad que es él quien los custodia en su casa. El pandero actual, según me informó Luís García Valera, el hijo de Luís, lo fabricó un artesano que se dedica a hacer instrumentos tradicionales. Para ello utilizó piel de macho cabrío para poder conseguir las grandes dimensiones que presenta el referido instrumento, al que además se metieron sonajas en su interior para conseguir un sonido mucho más característico. Ambos me hablaron de componentes del coro que han estado y están desde siempre para mantener viva tan bonita tradición, como son el “tío Parrabera” o “la Luisa” entre otros. El señor Valentín cuando dejó de ser zarragón por su avanzada edad, no quiso desvincularse de la Pastorela y pasó a tocar la botella de anís, tarea que desempeñó hasta los 88 años, edad en la que fallece. Los cantos tradicionales que interpreta el coro se componen de bellas letras alusivas al nacimiento del Niño Jesús como las que reproduzco a continuación:

¿Dónde vas, aurora,
Dónde vas, estrella,
Que del sol anuncias
La luz clara y bella?

Con el Nacimiento
Del Hijo de Dios
¡ay, ay qué contento!
¡ay, ay qué primor!
Las almas se llenan
De contemplación.

Las mujeres que componen el coro van ataviadas con bonitos trajes de serrana, con coloridos refajos y pañuelos a la cabeza.

Una preciosa tradición que las gentes de Braojos conservan con un cariño muy especial, y que además llevan con orgullo a otros pueblos y ciudades para darla a conocer. Ya en los años 50 del siglo pasado salió en el NODO, en 1964 asistieron a la inauguración de Prado del Rey, y a muchos otros lugares del entorno participando en encuentros de carácter tradicional.


Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Luís García Siguero, quien muy amablemente me ha aportado gran cantidad de datos y anécdotas colaborando con mi trabajo de campo. Fue un placer poder conversar con él durante un largo rato, y sobre todo escucharle hablar de la tradición de su pueblo con tanto entusiasmo. También quiero dar las gracias a su hijo, Luís García Valera, que nos recibió encantado el día de Reyes y que nos estuvo comentando aspectos curiosos de la tradición, siendo un gran conocedor de la misma. Muchísimas gracias a los dos y al resto de componentes de la Pastorela que en esa fría mañana nos deleitaron con sus cantos y danzas.













 *Todos los textos, así como las fotos y los archivos de vídeo son propiedad del autor.