Bienvenidos a OBJETIVO TRADICIÓN, un proyecto que se basa en el estudio y la divulgación del rico patrimonio cultural inmaterial que posee España. Te invitamos a conocerlo a través de los ritos, costumbres, fiestas, tradiciones, folklore... que traemos hasta este espacio. ¡Gracias por tu visita!

lunes, 10 de noviembre de 2014

LAS DANZANTAS Y EL GABOZORRA DE VILLANUEVA DE ALCARDETE


El frío invernal de La Mancha, el olor a pólvora y su estruendo por cada rincón, el sonido de las castañuelas, la dulzaina, el tambor, el ancestral soniquete del paloteo, el sol que engaña reflejado en el blanco y el añil, la satisfacción de una promesa cumplida, el momento de dejar la bandera y el de cogerla, la Virgen paseando entre un mar de gente… Esto es Villanueva de Alcardete cada segundo domingo de noviembre, el Día de la Virgen de la Piedad, la “Ricona”. Así se vive una fiesta cargada de siglos de tradición y de historia, una fiesta que se mantiene viva, que va pasando generación tras generación, muy emotiva, muy vistosa, y con muchos detalles que no se pueden escapar al ojo y al oído de quien la vive y la presencia.

Muchos son los ritos que componen esta celebración, pero sin duda alguna lo que da carácter propio a esta fiesta son las Danzantas y el Gabozorra, un niño y ocho niñas a los que su pueblo tiene mucho que agradecer por ser ellos los encargados de mantener viva la tradición tan antigua y tan representativa de Villanueva. Me contaban que para ser danzanta y gabozorra no hace falta más que ofrecerse. Por lo general son promesas que los alcardeteños hacen a la Virgen de la Piedad, ofreciendo a sus hijas para que dancen ante la patrona. El tiempo que dura el ser danzanta no tiene límite, casi siempre las niñas repiten más de un año, dejando después paso a otras. El grupo lo componen ocho niñas de edades diversas, casi siempre oscilando entre los ocho y los diez años, al igual que ocurre con el gabozorra, cuyo papel en este caso es el de alcalde de la danza.
Las danzantas aprenden a bailar estas tradicionales danzas gracias al maestro de la danza, a D. Felipe Morata. He tenido el gusto de conocerlo en persona, de hablar con él, y de disfrutar de su saber en lo que a las danzas y todo el ritual que conllevan se refiere. Él mismo me contó que su padre lo había heredado de su abuelo, y él de su padre. Como vemos, una tradición que pasa de generación en generación dentro de una misma familia; una preciada joya para la familia Morata el sentirse responsables junto a las danzantas de la pervivencia de la tradición.

Los ensayos comienzan a finales del mes de septiembre, y cada noche, Felipe Morata abre las puertas de su casa para recibir a las ocho niñas y al gabozorra, a los que va instruyendo y enseñando cada uno de los pasos y movimientos que componen las danzas. Una gran labor, un gran trabajo por parte de este grupo de personas, con el valor añadido de estar formado por una persona mayor que encarna la sabiduría, la madurez, y que es parte de la historia de la fiesta, y por varias niñas y un niño que aportan ilusión, ganas de aprender y sobre todo ganas de mantener esta tradición que late viva en el corazón de cada alcardeteño, de cada devoto de la Piedad. Me emocionaba descubrir la viveza con que Felipe narraba momentos de la fiesta, su memoria a la hora de decirme del tirón el nombre de cada uno de los toques de la dulzaina y el tambor para las danzas. Él mantiene el orden entre las danzantas y va indicándolas en cada momento los pasos y las partes de la danza. Se sabe todas y cada una de las letras de los toques, las cuales canturrea a la vez que son interpretadas por la dulzaina. Le pregunté el nombre de las mismas y las apunté: “Virgen de la Piedad”, “El gran caballero”, “El pico y el jarro”, “La moza”, “Lo bailan las señoritas”, “vienen preguntando por la señora Lola”, “Que venimos de la función”, “Abajo del Altar está”, “Tiene mucha fortaleza el Peñón de Gibraltar”, “El pollo”, “Todo sí, el anillo no”. Estos toques se interpretan en las diferentes danzas que en este caso son: el paloteo, el cordón, la culebra y la cruz.

He tenido la suerte de presenciar las preciosas danzas, pero mayor suerte ha sido haber podido disfrutar de los momentos que pocas veces se contemplan y se viven, que quedan reducidos a un pequeño grupo, a menudo de familiares. Ha sido todo un lujo el poder compartir ratitos de conversación con la familia de una de las danzantas, la familia Santiago-Perea. Y es que ser danzanta conlleva mucho trabajo y sacrificio, pues durante tres días las niñas asisten a cada uno de los actos propios de la fiesta, reservando muy poco tiempo para el descanso. Esta familia nos recibió en su casa a la hora de la comida, momento en que Piedad, la danzanta, aprovechaba para intentar comer, envuelta en una gran sábana para no ensuciarse el vistoso atuendo. Y digo intentar porque para ello, las niñas no pueden quitarse el traje, colocado a temprana hora de la mañana en un rito de gran laboriosidad, en el que las distintas enaguas almidonadas que lo componen, así como los collares, abalorios, broches y otros aderezos, han de coserse a los ropajes para resistir a todo el movimiento que conllevan las danzas. La comida dura muy poco tiempo puesto que a primera hora de la tarde, todas las niñas y el gabozorra han de reunirse de nuevo en la casa de Felipe, el maestro de danzantas, para salir en busca de la familia de mayordomos que porta la bandera y asistir al momento principal de la fiesta: la procesión de la Virgen de la Piedad.

Los trajes de las danzantas son una verdadera joya. Compuestos por varias enaguas blancas almidonadas, medias, calzonas, camisa blanca, cintas anudadas a los codos, una cinta más ancha rematada en fleco dorado colocada alrededor del cuello y prendida con un camafeo, una cinturilla o cota ceñida a la cintura y con ricos bordados –generalmente la efigie de la Virgen de la Piedad-, y un gran lazo ancho con varias lazadas prendido a la cintura por la parte trasera. Rematan el atuendo broches, abalorios y camafeos que van prendidos a la ropa dibujando formas por detrás de la espalda y en la parte delantera sobre el pecho. El pelo va recogido en un moño bajo, y adornado con florecillas y abalorios brillantes, y sobre la cabeza llevan una diadema también de piedrecillas brillantes. Llevan además un mantolín o toquilla para resguardarse del frío propio de la fecha, que se ponen en los descansos. El traje del gabozorra va a juego con el de las danzantas en cuanto a colores se refiere, y se compone de pantalón blanco ceñido a la altura de los tobillos y decorado en su parte inferior con unas cintas de colores, camisa blanca con cintas anudadas a los codos y lazo en el cuello cruzado en la parte delantera al igual que las danzantas, fajín ancho rematado con una especie de volante en su parte inferior, y una boina roja con una borla negra cosida en el centro, y que cuelga hacia un lado. Las danzantas portan castañuelas adornadas con cintas de muchos colores, y el gabozorra porta una especie de tralla con la que dirige la danza. El color de los trajes varía en cada uno de los días de la fiesta. La Víspera es de color rosa, el día de la Virgen azul celeste, y el día después es rojo, siendo los aderezos cada día del color correspondiente.

El sábado de la fiesta acuden a la Función de la Víspera de la Virgen, el día grande –el domingo- acuden a la Función de la mañana y a la procesión vespertina en que la imagen de la Virgen de la Piedad recorre las calles de Villanueva, y el lunes recorren el pueblo danzando para hacer cuestación casa por casa. Pero sin duda el momento más representativo es cuando la Virgen llega a la plaza en la tarde del domingo, frente al ayuntamiento, donde las danzantas interpretan una muestra de todas las danzas ante la atenta mirada de la multitud. Es el momento más emotivo y más esperado, la música de la dulzaina y el tambor y el chocar de los palos, se mezcla con el ensordecedor ruido de la pólvora, elemento muy destacado también en esta fiesta. Y es que durante todo el día la pólvora está presente en las calles de Villanueva, más aún cuando la Virgen está fuera del templo. Miles y miles de cohetes y tracas se queman en honor a la “Ricona”, en muchas ocasiones por ofrecimiento al haber hecho una promesa y haber recibido los favores de la Virgen. La gente ofrece docenas de cohetes para ser explotados ese día. El humo de la pólvora invade las calles, creando una atmósfera que sobrecoge, el ensordecedor ruido es imparable, y se hace más notorio en el momento de la entrada de la Virgen en la iglesia, cuando una enorme traca colocada en la plaza y un bonito castillo de fuegos artificiales, ponen broche final al día más grande de Villanueva de Alcardete.


Doy las gracias de corazón a mis amigos Felipe Perea Hernando –alcardeteño- y María Martín Díaz, por la invitación y por su acogida, y por haber sido grandes anfitriones facilitándome en todo momento la labor de investigación y el poder conocer la fiesta en todas sus facetas. Vaya también mi más sincero agradecimiento a la familia Santiago-Perea, por recibirnos tan amablemente en su casa y hablarnos de la tradición; a las danzantas y el gabozorra que posaron en varias ocasiones para el reportaje fotográfico; a Don Felipe Morata Fernández, testigo vivo de la tradición y gran conocedor de la misma, con el que para mí fue todo un placer hablar. Muchas gracias a todos y enhorabuena por mantener con tanto cariño y tesón vuestra más grande seña de identidad.

El gabozorra o danzante

Reflejos del ayer y del mañana

Las danzantas y el gabozorra entran a la iglesia

Paloteo

El cordón

Virgen de la Piedad, la "Ricona"

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.


domingo, 19 de octubre de 2014

ROMERÍAS EN LA CIUDAD DE TOLEDO (I): LA VIRGEN DE LA GUÍA


Entre las muchas tradiciones con que cuenta la Ciudad de Toledo, cabe destacar la celebración de diversas romerías a lo largo del año, a las que acuden toledanos y gentes de los pueblos cercanos para honrar a la Virgen en sus diferentes advocaciones, y también a algunos santos. Son varias las ermitas que se encuentran dentro y fuera de la ciudad, actuando como clara seña de identidad para cada uno de los barrios donde se asientan. En Toledo, la época de mayor concentración de romerías es la primavera, y más en concreto el mes de mayo. Pero debemos distinguir entre dos tipos de romerías que a mí me gusta denominar “romerías al campo” y “romerías urbanas”. En cuanto a estas últimas señalar que son muchas las parroquias y los barrios de Toledo que festejan a la Virgen de la misma manera que se hace en la otra tipología, que son las romerías propiamente dichas a un paraje donde se encuentra una ermita extramuros de la ciudad. El ritual es similar en estas romerías urbanas, y la asistencia también, pues en esta ciudad hay imágenes marianas que arrastran gran cantidad de devotos que acuden peregrinando también para venerarlas. Sería el caso de la Virgen de la Salud de Santa Leocadia, la Virgen de la Estrella del Arrabal, la Esperanza de San Cipriano… En todas ellas se repiten los mismos ritos que en las romerías a ermitas a las afueras de la ciudad como veremos más adelante.
El ciclo de romerías a ermitas extramuros se inicia a finales de abril con la romería de la Virgen de la Cabeza. La sigue la popular romería de la Virgen del Valle que es sin duda la de mayor tradición y arraigo en la ciudad y que tiene lugar el uno de mayo. Al Valle siguen la Virgen de la Bastida, el Santo Ángel Custodio, San Jerónimo y la Virgen de la Guía, de la que hablaré aquí.
La ermita de Nuestra Señora de la Guía se encuentra en un cerro situado a varios kilómetros de la ciudad de Toledo, a otro lado del río Tajo. En la actualidad se encuentra dentro de los terrenos propiedad de la Academia de Infantería, por lo que sólo se puede acceder a ella la víspera y el día de la fiesta que tiene lugar el 12 de octubre desde hace varias décadas, ya que antes se celebraba el último domingo del mes de mayo. Como señalaba anteriormente, cada romería suele estar adscrita a la devoción de un barrio determinado. En este caso son los vecinos del barrio de Santa Bárbara los que en su mayoría acuden a esta romería, siendo muchos de ellos hermanos de la cofradía de la Virgen.
La Virgen de la Guía cuenta con una curiosa a la vez que bonita leyenda, que nos da explicación de la existencia de la ermita en ese paraje. La tradición oral nos ha transmitido que siglos atrás sorprendió la noche a dos cazadores en el lugar donde hoy se levanta la ermita, y se encomendaron a la Santísima Virgen para que les ayudase. Ante la falta de visibilidad y viéndose perdidos en el campo, de repente detectaron una estela luminosa a la que siguieron. Se trataba de un pajarillo, en concreto una corneja, que llevaba un farol en el pico para “guiar” a los dos hombres. El animal les condujo hasta las ruinas de una antigua ermita. Uno de los dos cazadores mandó reconstruirla para dar veneración a la Virgen con la advocación de “la Guía”, en agradecimiento por tan portentoso milagro. Desde entonces creció la devoción a la Virgen a la que se han atribuido milagros y favores a lo largo de todos estos siglos.
La romería de la Guía es la última de todas las que se celebran en Toledo. Tiene lugar el 12 de octubre, fiesta del Pilar, comenzando los festejos la víspera. Como en toda romería toledana, no pueden faltar la función principal de la mañana, y la procesión por la tarde. En este caso, la Virgen de la Guía sale por los cerros y caminos que circundan la ermita a hombros de sus hermanos cofrades. Al regreso de la procesión, los anderos “bailan” la imagen al son de los acordes del himno nacional ante la puerta de la ermita.
Hay varios aspectos que hacen únicas a las romerías toledanas, y que por supuesto no faltan en esta de la Virgen de la Guía. Uno de ellos es el tradicional reparto de la rosca a cada hermano a modo de obsequio. Estas roscas se elaboran en las panaderías de Toledo, y nunca faltan en estas festividades. Se trata de un roscón elaborado a base de harina y huevo, y al que se añaden anises y azúcar. Cada hermano al pagar su cuota tiene derecho a recibir una de estas suculentas roscas. En algunas de estas romerías también se ponen a la venta para aquellas personas que, sin ser hermanos, quieran llevarse alguna.
Otra cosa que no puede faltar es el tradicional juego de las “quínolas”, presente en todas las romerías de Toledo, y que podríamos decir que se trata de una costumbre típicamente toledana. Es un juego de naipes en el que se paga una determinada cantidad por elegir una o varias cartas. Dependiendo de cómo lo decidan los organizadores, se pueden elegir varias cartas, resultando ganador el que reúna las mismas, o elegir una y resultar ganador aquél que tenga la carta que se saque de la baraja. Los que dirigen la quínola tienen una baraja española de la que al azar sacan una o varias cartas que determinarán quién será el agraciado. Los premios que se pueden obtener en estas quínolas pueden ser jamones, quesos, embutidos, las tradicionales roscas…
No se entiende una romería en Toledo sin la tradicional limonada y los tostones. La limonada se elabora a base de vino blanco, limón y azúcar, y se dispone en porrones para que los romeros la puedan degustar. Los tostones son garbanzos tostados y mezclados con yeso, y son repartidos junto a la limonada en unas mesas que la hermandad dispone en el patio de la ermita.
De esta manera transcurre la romería de la Virgen de la Guía a la que incluso algunos vecinos del barrio de Santa Bárbara acuden andando. Es un día en el que las familias se juntan en torno a la ermita para comer y pasar una agradable jornada festiva.

Ermita de Ntra. Sra. de la Guía

La Virgen de la Guía en su Camarín

La Virgen, el Niño y la corneja con el farol

Ofrendas de velas a la Virgen


Tradicional juego de las quínolas


Fuente consultada: VAQUERO FERNÁNDEZ-PRIETO, E., Nuestra Señora de la Guía. Imprenta Serrano. Toledo, 1996.

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

lunes, 6 de octubre de 2014

LA FIESTA DEL SANTO CRISTO DE URDA: SIGLOS DE TRADICIÓN Y DEVOCIÓN


Durante siglos la localidad toledana de Urda, ha venido celebrando cada 29 de septiembre, día de San Miguel, la fiesta grande del Santo Cristo de la Vera Cruz. Una imagen de gran veneración, no sólo en esta localidad  manchega, sino también en muchas otras partes de España, destacando especialmente en las provincias de Toledo y Ciudad Real. Un Cristo al que se atribuyen infinidad de milagros, relacionados por lo general con la salud, y al que acuden a lo largo del año miles de personas para implorar su protección. El Cristo de La Mancha, como cariñosamente se le conoce, congrega en torno a su milagrosa efigie a peregrinos que, desde diferentes puntos acuden, muchas veces andando, para cumplir con su promesa.
El Cristo de Urda además cuenta con la concesión por parte de San Juan Pablo II del Año Jubilar, cuando su fiesta del 29 de septiembre cae en domingo. Son 3 los que Urda ha celebrado a lo largo de su historia, siendo el primero el que tuvo lugar en 1995.
Pero si hay que destacar unos momentos que sobresalen en toda la devoción que aglutina el Santo Cristo, son las procesiones que cada año tienen lugar el 28 y 29 de septiembre, cuando el Cristo es llevado a la parroquia y al santuario respectivamente. Gentes llegadas desde diversos puntos, acuden hasta Urda para acompañar al Cristo en las multitudinarias procesiones. La imagen va entronizada en su preciosa carroza en forma de barca surcando mares de gente que se afanan por ir cerca de él y poder agarrarse a la barca o a los cordones. Los vítores son constantes en todo el recorrido, los rostros de emoción se dejan ver al paso de la sagrada imagen. ¡Viva Jesús Nazareno! ¡Viva el Cristo de Urda! ¡Viva el Cristo de la Mancha! ¡Viva el Cristo de la Vera Cruz! ¡Viva el Cristo Milagroso! ¡Viva la fe que le tenemos! Se repiten una y otra vez por boca de los devotos. Las peticiones de salud en voz alta, las miradas esperanzadas puestas en el Nazareno, los suspiros, la añoranza, el anciano que no sabe si le volverá a ver a otro año, los padres primerizos que con sus pequeños recién nacidos acuden en busca de la protección del Santo Cristo, el enfermo que acude para recibir fuerzas y aliento para seguir luchando, el ausente que emigró de Urda y que acude cada año a la cita con su Cristo, el visitante que va movido por la curiosidad de presenciar la fiesta y que cada año vuelve ya por devoción, los cohetes que anuncian el paso del Señor, los pies descalzos en cumplimiento de una promesa, gentes de rodillas tras la procesión pidiendo la intercesión de Jesús Nazareno, las ofrendas que los fieles arrojan a la barca, las campanas con su volteo festivo, puestos con exvotos que se compran para agradecer al Cristo la curación de alguna dolencia física, el olor de las almendras garrapiñadas y los turrones que endulzan la fiesta… Esto es Urda, esto es el Santo Cristo: un imán poderoso que atrae cada año a los devotos hasta sus plantas para cumplir así con una tradición que ante todo es de Urda, pero que con los siglos se ha convertido en la tradición de toda una comarca, de toda una provincia, de toda una región… La fiesta del Cristo de Urda, “La Fiesta de los sentidos”.
Vítores ahogados por la emoción

La mirada de la fe

Orando ante el Santo Cristo

Santo Cristo de la Vera Cruz de Urda

Aferrados a la barca de la devoción

Cumpliendo promesa

La fe que le tenemos

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

martes, 23 de septiembre de 2014

LA PROCESIÓN DEL CRISTO DE LA SALA DE BARGAS


La localidad toledana de Bargas, anhela los 365 días del año la llegada del tercer domingo de septiembre, para cumplir con su tradición más preciada. Los bargueños celebran sus fiestas en honor al Santísimo Cristo de la Sala, imagen de gran devoción, a la que dedican un cariño muy especial.
Son varios los momentos que componen esta fiesta, pero sin duda, el de mayor arraigo y antigüedad, es la solemne procesión que tiene lugar el domingo entrada la noche. No es una procesión cualquiera, sino que se trata de una amalgama en la que todos los sentidos toman parte. La tradición manda que el Santo Cristo recorra las calles de Bargas acompañado por las mujeres bargueñas ataviadas con el elegante y antiguo traje de la localidad. Se trata de una joya de la indumentaria tradicional de nuestro país, un atuendo que ya usaron siglos atrás otras bargueñas, y que fueron dejando la bonita herencia a sus descendientes, para que jamás se perdiese tan bonita tradición.
El traje de bargueña se compone de enaguas, falda plisada larga, blusa, delantal negro del mismo largo de la falda con ricos bordados, y pañuelo blanco a la cabeza. Remata el atuendo el que sin duda diríamos que es el elemento de mayor vistosidad: el mantón de manila, que se coloca cruzado a la cintura, cayendo en pico sobre la espalda. Las bargueñas llevan esta prenda dispuesta con gran elegancia, formando varios pliegues por debajo de la nuca, lo que da gran vistosidad al conjunto. Y digo que se trata de una parte fundamental del traje de bargueña, puesto que suelen ser mantones muy antiguos, pasados de abuelas a madres y de madres a hijas, y que muchos cuentan con varios siglos de antigüedad. Las mujeres bargueñas sacan para ese día sus mejores joyas, luciendo preciosas arracadas, así como colgantes de oro y piedras preciosas. Los hombres también participan con su atuendo particular que se compone de pantalón de pana, blusón azul, y alpargatas con suela de esparto. Al cuello se anudan el típico pañuelo de hierbas, prenda muy representativa también muy presente en las fiestas de Bargas.
Tras varios años contemplándola, puedo decir que la procesión de Bargas es la “procesión de los sentidos”. El olfato se deleita con el intenso olor a tomillo que alfombra las inmediaciones de la iglesia para recibir al Santo Cristo. La cera, el olor a velas, a cientos de velas que los bargueños y bargueñas portan para dar luz a su Cristo, y que forman interminables hileras que alumbran en la oscuridad de la noche. Y un olor que me levanta el vello, que me emociona y que me transporta a siglos pasados: el olor a arca, a baúl, que desprenden los mantones al pasar las bargueñas. Ese olor que atestigua la antigüedad de estas prendas, de esos mantones testigos de muchas procesiones, cada año iguales pero distintas a la vez… Son el testigo callado del paso del tiempo, de la tradición cumplida año a año. Olor a tradición, a devoción, a fuertes señas de identidad que cada septiembre salen de los cofres para seguir cumpliendo años y rindiendo honores al Señor de Bargas… Olor a flores, a miles de flores que ornamentan la carroza del Santo Cristo, que es bandera y timón para cualquier bargueño.
La vista se embriaga de la luz que en la oscuridad desprenden las velas, de la luz que desprenden los preciosos mantones con sus ricos y coloridos bordados. Luz del blanco reflejo de los pañuelos sobre las cabezas de las bargueñas, que con el resplandor de las velas brillan aún más. La vista se emociona con los rostros que esconden miles de historias, miles de sentimientos, de promesas, de anhelos… La vista queda maravillada al contemplar la marea de mantones y pañuelos blancos, de pañuelos de hierba y blusones, de cirios, que avanza en interminables filas que, serpenteantes, unen las puertas del templo de principio a fin.
El tacto, el tacto de los pies contra el suelo de Bargas. Pies descalzos que cumplen promesas o que piden algún favor al Cristo. El tacto, el con-tacto, de lo humano con lo divino, de Bargas con el Cristo que, cada tercer domingo de septiembre le siente más cerca aún porque sale a bendecir su pueblo. Las piedras que pisan esos pies desnudos son pisadas inmediatamente por el Santo Cristo que recoge en cada paso peticiones y agradecimientos, el sentir de todo un pueblo que acude a él en todo momento.
Y así es como transcurre la inigualable procesión del Cristo de la Sala de Bargas, un auténtico acto de piedad popular , lleno de una vistosidad y un recogimiento que impresionan y que hacen a esta fiesta merecedora de todo tipo de halagos y piropos. Parece que el tiempo se detiene es esta procesión siempre de antaño y siempre de hogaño.
Los ricos mantones de Manila

Promesas

Bargueñas en la procesión

Comienza la procesión

Stmo. Cristo de la Sala de Bargas

Filas interminables de bargueñas


*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

domingo, 14 de septiembre de 2014

“LA EMBARCACIÓN” DE FUENTIDUEÑA DE TAJO


 
El segundo sábado de septiembre del año 2008, tuve la gran oportunidad de viajar hasta el pueblo de Fuentidueña de Tajo, en la Comunidad de Madrid, y limítrofe con la provincia de Toledo. Allí, todos los años se cumple con una tradición que, según los escritos, data del siglo XIX, y que está estrechamente relacionada con la construcción de una barca que cruzaba las aguas del río Tajo. Se trata de la fiesta de “La Embarcación” de la Virgen de Alarilla, patrona de Fuentidueña, que es trasladada de una forma muy peculiar desde su ermita hasta el pueblo cada segundo sábado de septiembre.
Durante el día los fuentidueñeros acuden hasta la ermita de la Virgen a celebrar su romería, pero el momento más esperado se produce cuando entrada la noche, la venerada imagen es trasladada hasta el pueblo surcando las aguas del Tajo sobre una curiosa embarcación, de la que recibe su nombre la celebración. Se trata de una especie de barca compuesta por una plataforma sobre la que se levanta un torreón o castillo de cuatro caras, en cada una de las cuales se abren arcos de herradura califales y apuntados. La espectacularidad del conjunto la aportan los centenares de bombillas de colores que la adornan, y el mástil central sobre el que se eleva la pequeña imagen de la Virgen, rodeada por dos círculos igualmente iluminados.
Se trata de una procesión fluvial a la que asisten gran cantidad de devotos y espectadores para presenciar este acto tan peculiar. La embarcación es conducida por remeros que la guían hasta las inmediaciones del puente donde la Virgen es trasladada a su paso procesional. Durante todo el trayecto, cientos de personas acompañan a la patrona nadando, portando antorchas quienes abren el cortejo, lo cual concede gran vistosidad al momento. En las orillas del río se sitúan todos aquellos que quieren presenciar el paso de la sagrada imagen sobre su trono iluminado, que avanza entre constantes vivas y piropos que la dedican.
Cuando la embarcación llega a las proximidades del puente que cruza el río, los fuegos artificiales ponen el broche de oro al traslado, iluminándose todo el conjunto con las múltiples bengalas que cuelgan de la estructura. La Virgen es bajada de la embarcación para ser colocada en su carroza y, en procesión, ser trasladada hasta la parroquia del pueblo, donde tendrá lugar al día siguiente la celebración del día grande de las fiestas.
 
Realmente merece la pena contemplar como de entre la oscuridad surge refulgente la embarcación, cuya vela es la Santísima Virgen, timón y faro de los fuentidueñeros que desde hace muchos siglos la veneran. Emociona verla pasar por tu lado entre la ovación de sus hijos que la llaman “guapa” y “bonita”, cumpliendo así con un ritual que merece la pena presenciar.
La embarcación surca las aguas del Tajo

Llega la embarcación entre vivas a la Virgen de Alarilla

Virgen de Alarilla, Patrona de Fuentidueña de Tajo
 
*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de video son propiedad del autor.