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domingo, 14 de febrero de 2016

LA PASTORELA DE BRAOJOS DE LA SIERRA


Braojos de la Sierra es un precioso pueblecito de la Sierra Norte de Madrid que atesora y conserva tradiciones únicas. Una de las más representativas es la que cada año celebra en fechas navideñas y que supone una de sus mayores señas de identidad. Se trata de “La Pastorela”, una danza pastoril de adoración al Niño Jesús que ejecutan varios hombres del pueblo ataviados de pastores y que hunde sus raíces siglos atrás, muy probablemente en época medieval.

En la actualidad tiene tres fechas de celebración: la Misa del Gallo, la Misa de Navidad y la Misa del día de Reyes. En origen esta danza se ejecutaba solamente en la Misa del Gallo, a la que acudían los pastores de aquella sierra para ofrecer sus corderos y sus danzas al Niño Dios. Me cuenta mi informante Luís García Siguero que se añadieron los otros dos días (1 y 6 de enero) allá por el primer cuarto del siglo XX (aproximadamente 1920), gracias a un párroco de origen segoviano que se mostró muy interesado por el mantenimiento de las tradiciones y el folklore.

La Pastorela se compone por varios pastores danzantes y un zarragón, siendo este último el que dirige la danza y el que marca los tiempos de la misma evolucionando de delante hacia detrás entre las dos filas de pastores que se sitúan delante del altar donde el sacerdote celebra la misa. Luís García, gran conocedor de la tradición, me aportó datos interesantes que nos muestran la gran importancia que ha tenido la Pastorela a lo largo de toda la historia de Braojos y especialmente en su familia. Su padre, Valentín García, nació en 1912 y cuando fue mozo (unos 18 años), comenzó a bailar como zarragón. Durante un período de tiempo descansaría por motivos familiares, para volver en 1957 a ejercer este papel que tan perfectamente me cuentan que desempeñaba. Desde esa fecha hasta que tuvo 84 años (años 90) no faltó ni una sola Pastorela. Tras él llegó Ignacio, a quien el señor Valentín entregó el bastón o cayado pasándole así el testigo de la tradición, y que desempeña el cargo de zarragón hasta la fecha. Los pastores suelen ser entre 8 y 10, que danzan formando dos filas entre las que marca el ritmo de la danza el zarragón. Me llama la atención la coincidencia de la figura del zarragón con otras danzas de otras partes de España, en las que la persona que guía o dirige la danza recibe el mismo nombre; es el caso de los danzantes de Galve de Sorbe, en Guadalajara, o de otras danzas de la provincia de Segovia.

Uno de los aspectos más llamativos de esta tradición es la vestimenta de los hombres que componen la Pastorela. Van ataviados como lo hicieran los pastores en otras épocas en esta comarca en la que el ganado ha sido una de sus principales actividades económicas. Me aportó mi informante un dato de gran importancia que nos muestra la pervivencia de este tipo de vestimenta que ahora podríamos clasificar como traje típico o regional, y que hasta hace algunas décadas era el modo de vestir más común entre las gentes de Braojos y alrededores. Recordaba Luís que esos mismos trajes que usaban los pastores también se usaban para ir a labrar. Me cuenta que los más mayores recuerdan que uno de los últimos hombres que lo usaron fue su abuelo, que se lo ponía para ir a arar. Estaríamos hablando de 1925 aproximadamente según me indica. Los pastores visten pantalón de cuero estezado de vaca, camisa blanca, chaleco de cuero estezado de cabra, delanteras de cuero de vaca, medias de lana y albarcas. Sobre sus espaldas llevan morrales que según me indica Luís son como los que llevaban los pastores trashumantes a tierras extremeñas. En su mano portan el bastón o cayado con el que van marcando los tiempos de la danza al son de los cantos. Se conservan dos bastones para el zarragón, uno más antiguo realizado con madera de fresno y roble, y el que usa Ignacio actualmente que es de pino y que fue elaborado por Cipriano, uno de los pastores que bailaba, que lo encontró en la sierra doblado por el peso de la nieve tomando la forma tan característica que presenta.

Hasta hace algunos años el zarragón llevaba en el morral un cordero que era ofrecido al Niño Jesús, como se viniera haciendo desde los orígenes de la tradición. Me contaba Luís que al animal se le ataban tres de sus patas quedando una libre para que no se saliera del morral; no se le ataban las cuatro porque si no se “implaba” y corría el riesgo de morir. En la actualidad al haber menos ovejas y menos gente dedicada a la ganadería, es más complicado conseguir el cordero, por lo que desde hace algunos años el zarragón no lo lleva.

La Pastorela danza en varios momentos de la Misa que son cantados por el coro, como son el Kirie, el Gloria, el Credo, el Agnus Dei, el momento de la Adoración del Niño, y al finalizar la Eucaristía. Los pastores para iniciar la danza dan un golpe fuerte con el cayado en el suelo, y mueven sus brazos levantados de derecha a izquierda y viceversa al ritmo de las canciones, y a compás con los pies. El coro forma parte esencial en la Pastorela, y se encarga de entonar algunos de estos cantos en un latín de carácter popular, siendo el resto villancicos. Para ello utilizan instrumentos tradicionales tales como la botella de anís, la pandereta, los huesos o arrabel, el pandero, los hierros… todos ellos como vemos objetos del menaje del hogar que era lo que en otra época las gentes de los pueblos tenían al alcance. En la actualidad los huesos son el instrumento más antiguo de todos, pues me contaba Luís que en 1896 ya estarían en casa de su abuelo y fueron pasando por las manos de varias familias hasta la actualidad que es él quien los custodia en su casa. El pandero actual, según me informó Luís García Valera, el hijo de Luís, lo fabricó un artesano que se dedica a hacer instrumentos tradicionales. Para ello utilizó piel de macho cabrío para poder conseguir las grandes dimensiones que presenta el referido instrumento, al que además se metieron sonajas en su interior para conseguir un sonido mucho más característico. Ambos me hablaron de componentes del coro que han estado y están desde siempre para mantener viva tan bonita tradición, como son el “tío Parrabera” o “la Luisa” entre otros. El señor Valentín cuando dejó de ser zarragón por su avanzada edad, no quiso desvincularse de la Pastorela y pasó a tocar la botella de anís, tarea que desempeñó hasta los 88 años, edad en la que fallece. Los cantos tradicionales que interpreta el coro se componen de bellas letras alusivas al nacimiento del Niño Jesús como las que reproduzco a continuación:

¿Dónde vas, aurora,
Dónde vas, estrella,
Que del sol anuncias
La luz clara y bella?

Con el Nacimiento
Del Hijo de Dios
¡ay, ay qué contento!
¡ay, ay qué primor!
Las almas se llenan
De contemplación.

Las mujeres que componen el coro van ataviadas con bonitos trajes de serrana, con coloridos refajos y pañuelos a la cabeza.

Una preciosa tradición que las gentes de Braojos conservan con un cariño muy especial, y que además llevan con orgullo a otros pueblos y ciudades para darla a conocer. Ya en los años 50 del siglo pasado salió en el NODO, en 1964 asistieron a la inauguración de Prado del Rey, y a muchos otros lugares del entorno participando en encuentros de carácter tradicional.


Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Luís García Siguero, quien muy amablemente me ha aportado gran cantidad de datos y anécdotas colaborando con mi trabajo de campo. Fue un placer poder conversar con él durante un largo rato, y sobre todo escucharle hablar de la tradición de su pueblo con tanto entusiasmo. También quiero dar las gracias a su hijo, Luís García Valera, que nos recibió encantado el día de Reyes y que nos estuvo comentando aspectos curiosos de la tradición, siendo un gran conocedor de la misma. Muchísimas gracias a los dos y al resto de componentes de la Pastorela que en esa fría mañana nos deleitaron con sus cantos y danzas.













 *Todos los textos, así como las fotos y los archivos de vídeo son propiedad del autor.


sábado, 9 de enero de 2016

EL ZANGARRÓN DE MONTAMARTA


La localidad de Montamarta, a pocos kilómetros de Zamora, se encuentra bañada por las aguas del río Esla en un emplazamiento de gran belleza paisajística. Atesora esta localidad una tradición que pierde su origen en la noche de los tiempos y que cada año revive, perpetuando así su seña de identidad más importante.

Se trata del Zangarrón, una mascarada de invierno que encierra gran cantidad de peculiaridades y ritos que hacen de ella una de las más importantes y reconocidas de todo el país. Al parecer podríamos estar ante la mascarada más antigua de la Península. Es curioso porque, a diferencia de otros lugares, tiene dos fechas de celebración: el día de Año Nuevo (1 de enero), y el día de Reyes (día 6 de enero), en las que participan dos personas distintas que encarnan el papel de zangarrón.

Se trata de un rito con orígenes claramente paganos que se remonta varios siglos atrás, al igual que ocurre con el resto de mascaradas que tienen lugar en la Península y especialmente en la provincia de Zamora, que aglutina una buena muestra. La celebración de esta mascarada en esta época del año no es algo casual, está directamente relacionada con el solsticio de invierno y con el recibimiento del nuevo año. El zangarrón, junto con todos los elementos que componen su vestimenta, están estrechamente unidos a ritos de expulsión de malos espíritus, ritos de llamada a la fertilidad y al despertar de la naturaleza, y a ritos de mantenimiento del orden en la comunidad. Todo ello lo vemos reflejado en el uso de cencerros, en el colorido de los ropajes y complementos que utiliza, en el simbolismo que entrañan algunas prácticas que lleva a cabo – tres saltos, tres golpes en la espalda a los mozos solteros con el asador o tridente…-. La mayor peculiaridad de este zangarrón es que aparece dos veces como señalábamos anteriormente, cobrando sentidos diferentes según nos indicaba José Ramón Pérez, nuestro informante. En las dos ocasiones se trata de un diablo, pero con connotaciones distintas: el día de Año Nuevo lleva máscara negra y encarna un diablo maligno, de luto por el año que se va, cuya misión es la expulsión de los malos augurios, “de lo viejo” del año que ha quedado atrás. El día de Reyes lleva máscara roja y gran cantidad de flores de papel y cintas de colores, y es un diablo bondadoso, mágico, que atrae la fertilidad y que llama al despertar de la naturaleza. Aunque encontremos estas notables diferencias, para los vecinos de Montamarta el Zangarrón siempre representa la bondad, se trata de un personaje que lleve la máscara que lleve es benefactor, atrae energías positivas a la comunidad.

En nuestra visita a Montamarta el día de Año Nuevo tuvimos la enorme suerte de poder vivir en primera persona esta tradición y de hablar con una de las personas que más sabe de ella. José Ramón Pérez, presidente de la Asociación Cultural El Zangarrón y persona que lleva varias décadas vistiendo al personaje en cuestión, nos recibió con los brazos abiertos y nos habló de todos los aspectos referentes a la fiesta, que recogimos en nuestro cuaderno de campo y que traemos hasta aquí.

En origen, y en base a documentos que se conservan en la parroquia de Montamarta, la figura del zangarrón podría estar ligada a la cofradía de mozos de San Esteban, lo mismo que ocurre con otras mascaradas de la provincia de Zamora. En base a este dato, se entiende que el zangarrón saldría el 26 de diciembre, fiesta del protomártir, en lugar de hacerlo el 1 y el 6 de enero como lo conocemos en la actualidad. Nos cuentan que antiguamente el zangarrón lo encarnaba la persona más necesitada del pueblo, y que lo recaudado en especie de la cuestación se lo quedaba para él y su familia. En la posguerra nadie quería ser zangarrón, por lo que se tomó la determinación de pagar a una persona para que lo fuera. Ya en los años 50 del siglo pasado los quintos toman las riendas de la tradición y el quinto con menos posibilidades económicas es el encargado de vestirse de zangarrón quedándose con el aguinaldo recaudado. En la actualidad siguen siendo los quintos los que mediante sorteo eligen a dos zangarrones para el día 1 y el 6 respectivamente. La recaudación sigue siendo para el zangarrón, debiendo pagar el quinto además una cantidad de dinero para el mantenimiento de la fiesta. Antiguamente el aguinaldo que se entregaba al zangarrón era en especie, los vecinos aportaban sobre todo productos de la matanza, de ahí la tradición de ofrecer el zangarrón un trozo de chorizo a quienes ha “castigado” con tres golpes de tridente en la espalda. La misión del tridente o asador era esta, la de ir pinchando las viandas que le iban entregando.

Antaño, el sorteo de los quintos para elegir al zangarrón se realizaba el día de nochevieja a las 12 de la noche, reuniéndose todos ellos con la Guardia Civil y el Ayuntamiento. Lo hacían en la plaza del pueblo que se encontraba en la fuente, cerca del río. Se reunían en torno a una hoguera y con una baraja de cartas española hacían el sorteo. El quinto que sacaba el as de oros era el que haría de zangarrón al día siguiente. No se podía levantar la máscara hasta después de pinchar los panes en la iglesia, por lo que nadie conocía su identidad. En la actualidad nos comentaba José Ramón que lo eligen los quintos entre ellos sin tener un día fijo para el sorteo. Eligen dos, uno para el día de Año Nuevo y otro para el día de Reyes, debido al gran esfuerzo físico que debe realizar el zangarrón en cada una de las jornadas.

Uno de los ritos de mayor atractivo de esta fiesta es el de “vestir al zangarrón”. A las seis de la mañana se reúnen en la casa de los quintos todos ellos, el que va a ser zangarrón y todas aquellas personas que quieran presenciar tan laboriosa tarea. Se reparte chocolate y bizcochos entre los asistentes. José Ramón Pérez es el encargado de confeccionar la vestimenta, sobre la marcha, durante unas tres horas. Nos contaba que lleva varias décadas desempeñando esta preciosa tarea, primero junto a otro señor de Montamarta que durante muchos años llevó a cabo esta labor, y en los últimos años él solo habiendo recogido el testigo de tan bonita tradición. Primero se confeccionan los pantalones, para lo que se emplean dos toallas que se van enrollando y cosiendo hasta que se consigue dar forma a la prenda. Nos cuentan que antiguamente en lugar de toallas se empleaban mantillas de envolver a los recién nacidos. La camisa se elabora con una vistosa colcha grande de cama, a menudo de seda, que se va cosiendo al tiempo que se adapta al cuerpo. Los trajes en cada uno de los días se componen de los siguientes elementos:

      Año Nuevo: las toallas que componen el pantalón son de color amarillo y marrón (antiguamente se denominaba color berrenda); el blusón se elabora con una colcha de cama muy vistosa; la máscara que lleva es de corcho negro con una piel que cubre la espalda (antaño de perro), orejas de liebre y aspecto demoníaco (ojos grandes blancos, dientes, cejas y bigotes realizados con crines de caballo). En otras épocas llevaba zapatillas de esparto, ahora son de color blanco. En este día lleva pocas flores y cintas, en origen no llevaría nada, pero con el paso de los años se le fueron añadiendo estos elementos para mayor vistosidad del atuendo. En la mano empuña un tridente o asador decorado con cintas de colores. A la cintura lleva tres cencerros sujetos con un cinto.

   Día de Reyes: el pantalón se confecciona con dos toallas de color amarillo y rojo; el blusón se hace de nuevo con una colcha de colores llamativos. La máscara en este caso es roja, y se adorna ricamente al igual que los pantalones con flores de papel de colores que elaboran las quintas y con gran cantidad de cintas.

Una vez que se ha terminado de vestir al zangarrón, éste sale a recorrer las calles de Montamarta para felicitar el año nuevo a sus vecinos y pedir el aguinaldo, haciendo sonar los tres cencerros que advierten de su presencia. Media hora antes de la misa, que tiene lugar en la iglesia de Santa María del Castillo que se alza sobre un cerro, el zangarrón a la carrera abandona el pueblo para dirigirse hasta el referido templo. Para ello cruza el río Esla y los vecinos y visitantes le esperan arriba contemplando su ascenso. Una vez que llega a la iglesia se dedica a pedir el aguinaldo y perseguir a los mozos solteros a los que da tres golpes con el tridente en la espalda y les ofrece un trozo del chorizo que lleva oculto bajo la blusa. El zangarrón marca su territorio y consigue que los presentes se coloquen en círculo en la puerta de la iglesia para presenciar sus carreras. Acuden para acompañarle el resto de quintos y quintas elegantemente vestidos con capas castellanas que adornan con una flor de papel y cintas de colores similares a las del zangarrón. Cuando se acerca la hora de misa y llegan las autoridades para entrar al templo, el zangarrón con la máscara levantada se arrodilla apoyando el asador en el suelo en señal de respeto. Tras ello da tres enérgicos saltos para a continuación sentarse en el atrio de la iglesia donde se quita los cencerros y la máscara y se arropa con una manta para no quedarse frío después del esfuerzo realizado. Durante la Misa no puede entrar dentro del templo, tan sólo lo hace al final, cuando el sacerdote se dispone a dar la bendición, momento en el que cumple con otro de los rituales, que es el de pinchar con el tridente dos hogazas de pan que han entregado los quintos. Es uno de los momentos más esperados por todos, el zangarrón entra en la iglesia con la máscara levantada y realiza tres venias según se va aproximando al altar en señal de respeto. Cuando el cura da la bendición el zangarrón pincha los dos panes y con ellos en alto abandona la iglesia sin dar la espalda al altar y haciendo de nuevo las tres genuflexiones. A la salida, reparte los panes entre los presentes y de nuevo a la carrera baja el cerro para dirigirse hasta el pueblo.

Al ritual de pinchar los dos panes podríamos buscarle varias interpretaciones relacionadas con ritos relacionados con la abundancia, con el hecho de asegurar el trabajo y las cosechas en el año recién estrenado… Pero es mucho más simple que todo eso, pues se entiende que el zangarrón en origen no tenía connotación religiosa alguna, y con la llegada del cristianismo la tradición pudo sufrir un sincretismo para evitar su desaparición y perpetuarla, añadiendo la entrada de la máscara en la iglesia como señal de respeto. El reparto de los panes, según me informaba José Ramón, puede ser herencia de la referida cofradía de San Esteban que a la salida de misa del 26 de diciembre repartía panes o caridades entre los más necesitados.

Hay un aspecto muy curioso en esta tradición que es la presencia del número tres repetidas veces, lo cual se interpreta como algo mágico. El tridente con tres puntas, los tres cencerros para ahuyentar los malos espíritus, las tres venias a la entrada y la salida de la iglesia, los tres saltos, los tres golpes con el asador en la espalda de los mozos solteros. Sabemos que a lo largo de la historia el número tres ha tenido especial protagonismo, por representar la perfección, y por estar presente en muchas interpretaciones.

Tras la misa el zangarrón aguarda en una plaza del pueblo la llegada de sus vecinos. Con el tridente traza un círculo en el suelo en torno al cual se forma el corro en el que a la llegada de las autoridades hará de nuevo la venia para comenzar su particular persecución a los mozos solteros. Todo el ritual vuelve a repetirse el día de Reyes manteniendo así una tradición cargada de siglos y de historia que merece ser reconocida.


No quisiera acabar sin antes hacer mención especial a dos personas que nos recibieron con los brazos abiertos en nuestra visita a Montamarta y que tuvieron la enorme amabilidad y generosidad de compartir con nosotros su saber. Ellos son José Ramón Pérez y Mari Pérez, que nos recibieron en la sede de la Asociación Cultural “El Zangarrón” para hablarnos de su tradición y nos permitieron contemplar de cerca los elementos que componen el traje del zangarrón. Fue un verdadero placer compartir ese rato con ambos, pues las tradiciones se afianzan gracias a personas como ellos que trabajan incansablemente para que no caigan en las garras del olvido. ¡Muchísimas gracias amigos! Siempre llevaremos en el recuerdo de manera especial aquella tarde de trabajo de campo junto a vosotros en aquel precioso rinconcito de la provincia de Zamora que es Montamarta.

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

El Zangarrón pidiendo el aguinaldo

Jonathan, el Zangarrón de 2016

La misteriosa máscara de Año Nuevo

El zangarrón da tres golpes en la espalda

Haciendo la venia a las autoridades

Arropado y descansando durante la misa

El Zangarrón vuelve a toda prisa al pueblo

domingo, 25 de octubre de 2015

LA FIESTA DE SAN ANTONIO “DE LOS TOLEDANOS” DE EL TIEMBLO


La localidad abulense de El Tiemblo, que limita con las provincias de Madrid y Toledo, guarda con celo en la ermita de finales del siglo XVIII que se levanta en el corazón del pueblo, una imagen de San Antonio de Padua a la que a lo largo de los siglos han acudido miles de devotos en busca de algún milagro.

Desde tiempo inmemorial esta villa ha venerado al que es su patrón y protector por haber puesto en sus manos muchas calamidades y problemas que sufrían los tembleños en épocas pasadas, y haberlos remediado. Al igual que en muchas otras partes de España que ya hemos visto, la elección de este santo como intercesor de El Tiemblo, se llevó a cabo mediante las tan socorridas “sortes sanctorum”, en las que se proponían varios santos, resultando siempre el que precisamente no había participado en el proceso de elección, declarándolo como hecho portentoso.

Pero la devoción al Santo paduano no es sólo un fenómeno local, sino que traspasa las fronteras de El Tiemblo, extendiéndose a otras provincias vecinas como son Madrid y Toledo. De ahí que se haya generado con el paso de los siglos un itinerario de peregrinación que atrae hasta la villa abulense a cientos y miles de devotos que acuden a pedir y agradecer favores al santo. Me centraré en la provincia de Toledo, que traigo hasta este artículo, por la manera en que muchos de sus pueblos viven la devoción a San Antonio, a pesar de los kilómetros que los separan de El Tiemblo.

El Tiemblo se encuentra a mitad de camino entre Toledo y Ávila, ubicado en una antigua red de comunicaciones que unía y une estas dos capitales de provincia. Era paso de arrieros, de carreteros, de comerciantes, que traían y llevaban materias primas y otros bienes, y que procedían de núcleos de la provincia de Madrid y Toledo en su mayoría. La Feria de Ganados que se celebraba en el lugar a mediados de septiembre también fue transmisora del fervor y la devoción a todas esas gentes que acudían desde puntos diversos de las dos provincias vecinas. La gran devoción que profesaban los tembleños a San Antonio y la fama de milagrero del santo, se extendieron a todas esas localidades llevadas por quienes frecuentaban esa ruta que podríamos denominar comercial. La devoción al santo de Padua caló hondo sobre todo en los pueblos de la Comarca de Torrijos, por su cercanía con El Tiemblo. Pronto San Antonio comenzó a obrar milagros en algunos de estos lugares, que extendieron la devoción entre sus vecinos, fomentando la costumbre de peregrinar hasta El Tiemblo para agradecer y pedir al santo taumaturgo.

La gran afluencia de gentes de la provincia de Toledo que aprovechaban la Feria de septiembre para acudir a venerar a San Antonio, hizo que esta fiesta recibiera el nombre que aún hoy se mantiene: la fiesta de “San Antonio de los toledanos”. Es curioso observar cómo a pesar de la distancia, hay familias que en la actualidad mantienen la costumbre de acudir hasta El Tiemblo cada 13 de septiembre para perpetuar la tradición de sus antepasados. Como ya indicaba, la Comarca de Torrijos destaca de manera importante, pues son muchos los pueblos que cada año organizan peregrinaciones ese día y se desplazan hasta este pueblo de Ávila. Entre los milagros documentados de San Antonio hay algunos que están estrechamente relacionados con algunos de esos lugares, bien por haber ocurrido en el pueblo en cuestión, o bien porque el protagonista fuera de allí. Destaca el exvoto que se conserva en la sala contigua al camarín del Santo, en el que se representa un milagro que hizo a una mujer de Gerindote –Toledo-, sacando de un pozo a una burra preñada que estuvo a punto de ahogarse, y cuya dueña se encomendó al Santo, saliendo el animal ileso. Se trata de una pintura en cuya parte inferior reza lo siguiente: “En la Villa de Gerindote a 18 de agosto de 1880. Se cayó una burra que estaba en días de parir en un pozo profundo de 12 varas,  y ofrecida a San Antonio por su ama Eusebia Martín fue sacada sin lesión alguna dando cría felizmente. Gloriado sea Dios en San Antonio del Tiemblo. 1887”.

En otro de los exvotos que decoran las paredes de la nave de la ermita, se hace alusión a la localidad de Torrijos, y a un aspecto que considero de especial importancia debido a que en la actualidad nada queda: se refiere a “cierto arriero que iba por aceite a la villa de Torrijos”. La localidad toledana era centro importante de comercio hasta donde acudían gentes procedentes de muchos lugares a comprar y vender. Fue muy famoso por sus aceites y jabones, y como vemos queda reflejado en uno de los exvotos de El Tiemblo. De todos esos molinos de aceite y jabonerías, ya no queda ni uno sólo en Torrijos. Vemos como también este tipo de pinturas populares como son los exvotos nos pueden dar datos e información de diferentes aspectos socio-económicos que a lo largo de los siglos se han visto modificados con la llegada de nuevos tiempos.

Si tuviera que enumerar todos y cada uno de los pueblos de Toledo que acuden hasta El Tiemblo cada 13 de septiembre, seguramente me dejaría muchos por el camino. Mencionaré algunos de los más destacados por el alto número de personas que los representan cada año en la fiesta: Gerindote, Torrijos, Alcabón, Santa Olalla, El Carpio de Tajo, Escalona, Valmojado, La Mata, Talavera de la Reina… todas esas gentes son fieles a la cita con San Antonio y acuden en coches, autobuses, e incluso andando desde alguno de los pueblos relativamente cercanos. A primera hora de la mañana ya se ven grupos de peregrinos y devotos que ascienden hasta el camarín para besar la imagen del Santo. A media mañana se saca a la puerta de la ermita donde se celebra la Misa. En el ofertorio tiene lugar uno de los momentos de mayor emoción, pues representantes de los pueblos que acuden, ofrecen productos y objetos que posteriormente serán subastados al término de la procesión. Vino, aceite, dulces, manualidades e incluso animales son ofrecidos con devoción al Santo por los toledanos. Mis dos abuelas eran muy devotas, y en varias ocasiones siendo niño las acompañé hasta El Tiemblo el día de San Antonio. Recuerdo como con cinco años salí hasta el altar para entregar un cirio que mi abuela había ofrecido por haber sacado con bien a mi tío de una operación.

Tras la misa llega el momento más esperado por todos: la procesión. La multitud arropa al Santo que difícilmente avanza por las calles del pueblo, pues todos los devotos quieren ir cerca de él y tocarle. Es costumbre que este día se repartan ramos de albahaca que la gente pasa por la sagrada imagen para llevárselo bendecido y guardarlo en sus casas o darlo a algún enfermo. También durante la procesión los niños son puestos en las andas –actuamente carroza- para recibir la bendición de San Antonio. Cuando vuelve de nuevo a la plaza de la ermita, tiene lugar la subasta de ofrendas por las que los devotos pagan importantes cantidades de dinero. Finaliza la jornada con el baile de las jotas a San Antonio, y posteriormente se reparte una limonada entre los asistentes, y los grupos de peregrinos disfrutan de la comida o retornan a sus pueblos.

Los devotos pasan los ramos de albahaca por la imagen

Exvotos en la ermita de San Antonio

El Santo ante la ermita de finales del XVIII
Fuente consultada: GÓMEZ GÓMEZ, LORENZO, San Antonio de Padua y la Villa de El Tiemblo. Lorama. Madrid, 2010.

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

sábado, 19 de septiembre de 2015

LOS DANZANTES DEL SANTO NIÑO DE MAJAELRAYO


Cada primer fin de semana de septiembre, los ecos del redoble del tambor retumban a los pies del Pico Ocejón, anunciando que un año más, según tradición secular, los danzantes de Majaelrayo interpretan sus ancestrales danzas en honor al Santo Niño.

Majaelrayo, pueblo de singular belleza de la provincia de Guadalajara, atesora en el baúl de sus tradiciones una manifestación festiva única que cada año atrae la atención del vecino y del visitante. Son las danzas en honor al Dulce Nombre de Jesús –el Santo Niño-, que ejecutan ocho danzantes acompañados por dos botargas. Antaño esta fiesta se celebraba en el mes de enero, fecha propia de celebraciones en honor al Niño Jesús por su cercanía con el Día del Niño y la Epifanía. Pero los vecinos de Majaelrayo, en su mayoría pastores trashumantes, se vieron obligados a trasladar la fecha al primer fin de semana de septiembre para dar lugar a unas fiestas de mayor concurrencia y con buena climatología, y a las que pudieran acudir quienes un día tuvieron que marcharse a la ciudad u otros núcleos mayores.

Los auténticos protagonistas de esta fiesta son los ocho danzantes, miembros de la Cofradía del Dulce Nombre, y los dos botargas. Se trata de una tradición que va pasando de padres a hijos y que a pesar de los nuevos tiempos se mantiene intacta. Se trata de unas danzas que pierden su origen en la noche de los tiempos. Vemos que se repite el mismo esquema que en otras danzas rituales, en las que el principal cometido es la llamada a la fertilidad de la tierra y al despertar de la naturaleza –recordemos que estas danzas se celebraban en enero cuando la primavera ya se encontraba próxima-. También podríamos estar ante unas danzas de carácter pastoril por el entorno en el que se ejecutan, o incluso de carácter guerrero – la danza de las espadas representa una auténtica lucha, así como los movimientos de carácter marcial de otras de las danzas-. Cuatro danzantes son denominados “guías” y los otros cuatro “guardas”, y son dirigidos por el tamborilero que interpreta las diferentes marchas de las danzas con los redobles del tambor, al que antiguamente también acompañaba la gaita o dulzaina. La vestimenta de los danzantes es curiosa a la vez que similar a la que usan otros danzantes de la provincia de Guadalajara e incluso de otros puntos del país. Los danzantes de Majaelrayo visten calzón largo, enagua y camisa blancas, y zapatillas blancas de esparto con cordones negros. Esas prendas van decoradas con cintas y lazos de color rojo y verde. Sobre el pecho llevan cruzadas dos bandas, a izquierda y a derecha, de color verde y rojo respectivamente. Por debajo de los hombros y sobre el pecho, llevan cosidas dos flores de tela en la camisa. A la cintura se anudan un mantón ricamente decorado, dejando colgar el pico y los flecos del mismo por delante. Completa el atuendo el característico y vistoso gorro en forma de mitra, decorado con multitud de flores de tela de colores, y que se asemeja al que usan los danzantes del cercano pueblo de Valverde de los Arroyos. Sobre la espalda llevan sujeta una cinta colocada de forma horizontal de la que penden decenas de cintas de llamativos colores. Llevan palos o castañuelas según la danza que corresponda ejecutar. El tamborilero va vestido de calle y sobre su pecho cruza una banda de color rojo.

También son protagonistas los botargas, que en este caso son dos: el del año en curso y el del próximo año. Dato curioso este puesto que normalmente suele ser un botarga el que esté presente en la celebración, como ocurre en otros puntos de Guadalajara. El traje del botarga del año en curso se compone de pantalón y chaqueta con capucha que alternan los colores verde y rojo de manera contrapuesta. Sobre los hombros lleva una especie de hombreras con vuelo de color azul y amarillo, de las que cuelgan pequeños cascabeles. A la cintura lleva un cinto del que penden por la parte trasera dos campanillas que advierten de su presencia. Del mismo cinto cuelga un cuerno hueco en el que introduce las típicas gachas con las que mancha la cara a la chiquillería y a todo aquel que se distrae durante la misa. En la mano porta una porra con la que pone orden y amenaza a los que se burlan de él. El botarga del año siguiente viste un traje de similares características, que se diferencia del otro en el tipo de tela y los colores que la componen, siendo en este caso rayas de colores amarillos, marrones, anaranjados y ocres. Lleva un pequeño bolsillo cosido en la camisa en la parte izquierda del pecho. También se diferencia en que éste se asemeja a los trajes de los bufones medievales, compuesto por gran cantidad de picos en las mangas y la parte baja de los pantalones y la chaqueta, de los que cuelgan varios cascabeles. Porta también las campanillas, la porra y el cuerno.

La fiesta comienza con la recogida de los danzantes y las autoridades a los que acompañan los dos botargas y la música de las dulzainas. Una vez en la iglesia se colocan en el altar mayor, a un lado los cuatro danzantes “guías” y al otro los cuatro “guardas”. Durante toda la misa los dos botargas recorren la iglesia vigilando que nadie se quede dormido ni se distraiga, y manteniendo el orden impidiendo que en la puerta de la iglesia se forme alboroto. Al inicio de la misa, la rondalla de Majaelrayo dedica unas jotas al Santo Niño. En el ofertorio los dos botargas piden limosna con un cestillo para las Ánimas Benditas del Purgatorio. Acabada la celebración, en la puerta de la iglesia, los botargas “cantan” la puja por el estandarte del Santo Niño y el pendón, teniendo el privilegio de portarlos quienes ofrezcan la cantidad más alta de dinero.

Cuatro danzantes encabezan la procesión portando la cruz y los ciriales, y los otros cuatro portan las andas sobre las que procesiona el Santo Niño. Delante de la imagen se sitúa el “piostre”, que también tiene un papel muy destacado en la fiesta, pues es el que a modo de mayordomo organiza y prepara las fiestas, y las preside como una autoridad mas en el pueblo. Al llegar la procesión a la plaza se detiene y los danzantes interpretan ante el Santo Niño una de las danzas. Al llegar de nuevo a la iglesia, en la puerta, los danzantes dirigen las pujas por los brazos y las cintas de las andas para introducirlas dentro del templo. Una vez que se ha dejado la imagen del Niño en la iglesia, de nuevo en la puerta, los botargas dirigen la puja por las rosquillas y otros dulces típicos de Majaelrayo.

Los danzantes y las autoridades se dirigen a la plaza donde tiene lugar la muestra de todas las danzas. Como veíamos anteriormente, hay varias que se ejecutan con castañuelas y otras con palos. Las más llamativas y curiosas son las de las espadas, la de las fajas y la de las cintas. La de las espadas denota cierto carácter guerrero y se ejecuta con palos a modo de espadas y pequeños escudos metálicos que suenan al entrechocarlos unos danzantes con otros. La danza de las fajas se realiza con fajas de tela negra y se compone de complicados movimientos y vueltas que confieren a la danza gran vistosidad gracias a la destreza de los danzantes. La de las cintas se ejecuta con un palo del que cuelgan varias cintas de colores –una por cada danzante-, que van trenzando a medida que danzan. El palo lo sujetan los dos botargas y los danzantes de manera magistral lo trenzan y destrenzan.


En la última de las danzas, al finalizar, los danzantes hacen una reverencia en señal de respeto mirando a las autoridades que presencian las danzas. El domingo se volverá a repetir el ritual de la misma manera que el sábado, manteniendo así una tradición que Majaelrayo toma como su máxima seña de identidad.

Las cintas aportan gran vistosidad al atuendo de los danzantes

Palos para la danza

El cuerno con las gachas que portan los botargas

Danzantes a la puerta de la iglesia

Majaelrayo: Santo Niño y Danzantes

Danzas en la plaza

La destreza de los danzantes

Danza de las Fajas

Danza de las cintas

Tradición que no muere

Fuente consultada: Programa "Desde Antaño hasta Hogaño", dirigido por el etnógrafo Pedro Vacas.

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