Bienvenidos a OBJETIVO TRADICIÓN, un proyecto que se basa en el estudio y la divulgación del rico patrimonio cultural inmaterial que posee España. Te invitamos a conocerlo a través de los ritos, costumbres, fiestas, tradiciones, folklore... que traemos hasta este espacio. ¡Gracias por tu visita!

jueves, 13 de agosto de 2015

LA “TRAÍDA” DE LA VIRGEN DE MANJAVACAS A MOTA DEL CUERVO


Primer domingo de agosto en Mota del Cuervo, pueblo manchego y conquese que en este día vibra al unísono en torno a la devoción que suscita su patrona, la Santísima Virgen de la Antigua de Manjavacas. Se nota el nerviosismo, la alegría por la llegada de la Madre, por el reencuentro con los que vienen “de año en año”… El frescor de la mañana agosteña enfría los cuerpos, pero no los corazones que ansiosos esperan ver entrar a la Virgen a su pueblo en peculiar carrera. Estas fueron muchas de las sensaciones que presencié y experimenté este año cuando acudí a Mota a la traída de la patrona.

La Virgen de la Antigua de Manjavacas, que toma su último nombre del paraje donde se encuentra su ermita, es festejada en Mota del Cuervo con gran fervor, cumpliendo con la tradición secular de trasladarla al pueblo a la carrera, donde permanecerá hasta el tercer domingo de agosto. Según las fuentes, Manjavacas era un poblado que se ubicaba junto a la laguna del mismo nombre. En dicho lugar se levantaba una ermita que guardaba la imagen de la Santísima Virgen que, según cuenta la leyenda, quiso quedarse allí cuando un carro fue incapaz de seguir su camino por el peso que ejercía la imagen. Cuenta la tradición que debido a los muchos problemas de salud que causaba el clima y el ambiente del lugar, sus habitantes se vieron obligados a abandonarlo, trasladándose unos a Mota del Cuervo y otros a Pedro Muñoz, ya en la provincia de Ciudad Real, localidades cercanas a Manjavacas. Tanto los que se habían ido a Mota como los que se habían trasladado a Pedro Muñoz querían llevarse consigo la venerada imagen. Por distancia correspondía a Mota del Cuervo el honor de quedarse con la Virgen, pero los del pueblo vecino de Pedro Muñoz parece ser que se resistían. Según la tradición oral moteña, las gentes de Mota fueron a Manjavacas y en veloz carrera  trasladaron a la Virgen hasta el pueblo para quedarse para siempre con Ella, de ahí la explicación a lo que cada primer domingo de agosto acontece en este pueblo manchego.

La tradición manda que el primer domingo de agosto al alba comiencen los preparativos y rituales para el traslado de la Virgen hasta Mota del Cuervo. A la salida del sol tiene lugar la misa en la ermita y después uno de los momentos más emocionantes y esperados por los devotos: la bajada de la imagen de su camarín para ponerla en andas. En un estallido de vítores a la patrona, ésta es colocada en las andas del traslado por la persona que pujó por ello en la subasta de oficios que tuvo lugar en las fiestas del año anterior. Tras el desayuno que se ofrece a los presentes se inicia la procesión con la sagrada imagen por los aledaños de la ermita. Tras unos metros se llega al lugar conocido como “el Hito”, blanqueado recientemente por la persona que pujó para desempeñar esta tarea, y donde se coloca la Virgen para prepararla para su traslado. Aquí tiene lugar otro de los rituales más llamativos de la fiesta; los devotos y devotas que han pujado por ello quitan a la Virgen y al Niño todas sus preseas -coronas y tornos, media luna, ramo de la Virgen, bola del Niño…- y cubren a la sagrada imagen con un manto para resguardarla del polvo del camino. El manto es de tela brocada de color verde y cubre a la Virgen en su totalidad, incluida la cabeza, sobre la que se coloca una toca de la misma tela, y la corona de traslado. A la cintura se ciñe un cordón. Por cada oficio se lanzan emocionados vivas a la Virgen y a su Santísimo Hijo, y a los anderos que se encargarán de trasladarlos. Acabado el ritual de preparar a la Virgen para su ida hacia Mota del Cuervo da comienzo la veloz carrera. Anderos y miles de acompañantes llevan corriendo con gran fervor a su patrona a lo largo de siete kilómetros que separan la ermita del pueblo. La carrera tan solo disminuye su velocidad en los puntos en que se produce el relevo de los anderos, y unos instantes en el pozo donde se refrescan. En poco más de media hora la masa de corredores y la imagen de la Virgen perfilan el horizonte manchego próximos ya al pueblo. Los vivan se intensifican, los anderos y los corredores, los moteños y los visitantes, experimentan como sus corazones se aceleran por ver tan cercana la tradición cumplida una vez más. Y es que Mota del Cuervo la siente muy adentro; llama mucho la atención ver como niños con pocos meses ya van ataviados de anderos con sus almohadillas en los carros empujados por sus madres. Y es que me cuentan que es tradición cuando nace un niño en Mota, que las abuelas preparen la almohadilla que quizá algún año utilice cuando tenga el privilegio de ser andero de la Virgen. También me dicen que las madres y las novias las cosen primorosamente para el hijo o el novio que va a ser andero.

A primera hora de la mañana llega la Virgen de Manjavacas a Mota del Cuervo sin detener la carrera, y se dirige hasta el “Pocillo de la Virgen”, donde se coloca sobre una especie de templetillo. Allí de nuevo comienza el ritual de quitar a la Virgen los ornamentos del camino y ponerla los de la procesión que la llevará hasta la iglesia parroquial. Primero se quitan los tornos de las coronas de la Virgen y el Niño, luego las propias coronas, el cordón, y por último el manto. En el momento en que se deja ver el rostro de la Virgen los presentes rompen en aplausos y vivas a la Virgen y al Niño, los pulsos se aceleran, la Madre ya está en su pueblo para atender las peticiones de tantos y tantos devotos. No cesa de escucharse: ¡Viva la Virgen de Manjavacas! ¡Viva su Santísimo Hijo! ¡Viva los anderos! ¡Viva el pueblo de la Mota! Desprovista del manto, una persona la limpia el rostro con un plumero y de nuevo se la colocan sus preseas; primero las coronas y sus respectivos tornos, y después la media luna, la bola del Niño y el ramo. Todas las personas que participan en estos ceremoniales de “vestir” y “desvestir” a la sagrada imagen, pujaron por los oficios el año anterior el miércoles después de la fiesta grande de la Virgen en la conocida como “subasta de oficios”.

Una vez preparada la Virgen, da comienzo la procesión que lleva a la patrona desde el “Pocillo” hasta la parroquia. Antes de llegar hace una parada en un altar que se ha levantado para cantar la Salve en el lugar donde me comentaban que hace años comenzaban las casas del pueblo. Durante todo este trayecto llama la atención ver a niños y niñas que acompañan a la Virgen haciendo sonar campanillas y pequeños tambores por los que pujaron sus padres u otros familiares en las pujas. La banda de música acompaña y ameniza la procesión, los devotos se esfuerzan por conseguir llevar apenas unos metros las andas, mucha gente aguarda en el interior del templo para recibir a la Virgen a su llegada. Cuando entra en la iglesia se la coloca en el altar mayor, donde permanecerá hasta el tercer domingo de agosto, día en que será llevada de nuevo a la ermita de Manjavacas, también a la carrera. En las semanas que la Virgen se encuentra en el pueblo se celebran las fiestas grandes y recorre el pueblo en solemne procesión.


Agradezco la colaboración de mi amigo Nicolás Castellanos, moteño y samaritano, que me habló de la tradición de su pueblo y con el que tuve el enorme placer de vivir la “traída” de la Virgen a Mota del Cuervo.

El orgullo de ser andero

La Virgen entra en Mota del Cuervo a la carrera

Quitando el torno a la corona de traslado

Las moteñas descubren el rostro de la Virgen

Tradiciones que pasan de padres a hijos

Las almohadillas de los anderos

Las tradiciones de todo un pueblo

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

sábado, 4 de julio de 2015

LA LOA Y LAS DANZAS A SAN ACACIO MÁRTIR DE UTANDE



A orillas del río Badiel se encuentra la localidad alcarreña de Utande, en la provincia de Guadalajara. En este pequeño pueblo se celebra cada año el domingo más próximo al 22 de junio, festividad de San Acacio Mártir, una fiesta cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos.

Son la Loa y las Danzas en honor al patrón San Acacio, dos joyas que este pueblo atesora y de las que recibe una importante fama. Las danzas las podríamos encuadrar dentro del grupo de danzas rituales, cuyo origen incierto nos hace pensar en antiguos ritos de carácter agrícola, en los que mediante las danzas se hacía una llamada a la fertilidad de las tierras y las buenas cosechas. Llama la atención la fecha en que tienen lugar, el 22 de junio o el domingo más cercano a este, muy próxima al Solsticio de Verano, lo que nos hace pensar que su origen pueda estar estrechamente relacionado con ritos solares en torno a este momento de cambio de estación en el que la primavera da paso al verano. Los coloridos trajes de los danzantes también podrían estar unidos a estas interpretaciones. Suponemos que con la llegada del cristianismo y por ende con la llegada a Utande de la devoción al mártir San Acacio, estas danzas de carácter pagano pasaron a celebrarse en honor del santo, convirtiéndose en agasajo y muestra de devoción al patrón. La Loa a San Acacio es una loa religiosa, cuyo antiguo texto narra la lucha del bien contra el mal. En ella aparecen varios personajes que encarnan la bondad y la malicia, y que tras una lucha dialéctica, el Bien consigue triunfar.

La fiesta comienza a primera hora de la mañana, cuando un grupo de dulzaineros recorre las calles de este pequeño pueblo alcarreño. A media mañana la imagen de San Acacio sale de la iglesia y los ocho danzantes le reciben arrodillados. Los devotos pujan por cada uno de los cuatro brazos de las andas para obtener el privilegio de portar la venerada imagen durante la procesión. Al llegar a la plaza se hace una parada en la que los danzantes interpretan una danza al son del  laúd delante del Santo. Los danzantes visten enaguas y camisa blancas, un colorido pañuelo anudado a la cintura, cintas de color rojo atadas a la altura de los codos, varias cintas de colores sobre la espalda y una banda que cruza el pecho que hace alusión a la que porta el Santo. Llevan medias caladas de color blanco, y zapatillas del mismo color decoradas con una escarapela. Para la danza utilizan largos palos de mimbre y castañuelas adornadas con madroños.

Tras la procesión tiene lugar la misa, y tras ésta todo el pueblo se congrega en la plaza donde tienen lugar la Loa y las Danzas, momento álgido de la celebración. Primero tiene lugar la Loa, en la que intervienen cuatro danzantes, el gracioso, el demonio, y el ángel. El gracioso encarna el papel del Bien y viste pantalón y camisa a rayas de color azul y blanco, porta una alforja sobre su hombro, lleva gorro de paja, la cara pintada de blanco aludiendo a la pureza, y se apoya en una especie de cayado que se remata con una cabeza decorada con un gorro militar. El demonio es una especie de botarga, similar a otras que encontramos en otros puntos de la provincia de Guadalajara, que viste pantalón y chaqueta de paño de color verde y negro, alternando cuadros de ambos colores; cubre la cabeza y el rostro con una especie de máscara negra con gorro del mismo color, decorados con cintas y ribetes de color rojo, marcando especialmente la boca y los ojos. En su mano lleva una espada con la que amenaza al gracioso. El ángel lo encarna un niño o niña de corta edad, cuyo atuendo es el mismo que el de los danzantes, llevando además un gorro decorado con flores de tela de colores y espumillones dorados, y una espada con un pañuelo de encaje en la empuñadura con la que defiende al gracioso.

La Loa da comienzo con la intervención del gracioso y los cuatro danzantes, que narran las glorias de San Acacio. El demonio interrumpe la intervención del gracioso, pretendiendo en todo momento estropear su discurso y queriendo imponerse sobre él. Le pide que le explique a qué se debe tanta devoción, a lo que el gracioso contesta:

Pues mire usted caballero,
habrá pronto de saber
que San Acacio Bendito
es muy hermoso en extremo,
sabe hacer grandes milagros
que a un devoto de este pueblo
estando de gravedad
le puso al instante bueno,
y otros “muchismos” milagros
que por ser tarde no cuento.

Tras oír esto el demonio amenaza a los presentes anunciándoles que caerán en sus fauces, y se dirige al gracioso al que postra en tierra a sus pies y amenaza poniéndole su espada en el cuello. El gracioso pide ayuda a San Acacio diciendo:
¡Ay Dios mio de mi alma!
¡San Acacio! ¡Santo mio!
Favorece a tu devoto
que lo tienes prometido,
que quien a tí se encomienda
lo sacarás del peligro.

Ante la desesperación del gracioso hace su aparición el ángel que invita al demonio a volver al infierno, diciendo: “quedad en paz compañeros, y que os guarde Dios del Cielo”. Tras la huida del demonio, habiendo triunfado el Bien, los danzantes hacen alabanza al santo y el gracioso da fin a la loa en tono gracioso, haciendo crítica humorística de las mujeres y de su propia vida, y hablando de los pueblos vecinos. Por último pide la bendición al santo y saluda a las autoridades y al cura dándoles las gracias y la enhorabuena por haber podido celebrar las fiestas. Acaba recitando alabanzas a San Acacio:
Adiós Acacio Glorioso
estrella muy relumbrante
échanos la bendición
al gracioso y los danzantes.

Adios Acacio Glorioso
adiós estrella de guía
échanos la bendición
a todos los de esta villa

Adiós Acacio Glorioso
estrella de resplandor
si en algo os he fallado
también os pido perdón.


A continuación de la Loa y para poner fin a la fiesta, los danzantes interpretan las siete danzas que componen el repertorio, acompañados por la música del laúd. Reciben el nombre de “Danzas de los Peludillos”, haciendo alusión a la letra de una de las danzas. El etnógrafo alcarreño Pedro Vacas las enumera en su programa "Desde Antaño hasta Hogaño". Cinco son de paloteo, y las dos últimas de castañuelas. Los nombres de las danzas son: “cuatro frailes motilones”, “ligera de pie”, “peludillos son”, “ligera de rodillas”, “a coger quiricoles”, "a la sombra" y "Marizámpanos". Las vistosas danzas son interpretadas por los ocho danzantes, mujeres y hombres, que realizan complicados quiebros, saltos y mudanzas que dan gran vistosidad al baile.

El Gracioso

El Demonio y el Ángel

Los Danzantes

Danzas de paloteo

Danzas de los Peludillos de Utande

El Demonio
Fuente consultada: Programa "Desde Antaño hasta Hogaño", dirigido por el etnógrafo Pedro Vacas.

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

sábado, 20 de junio de 2015

EL CORPUS DE LAGARTERA: EL ARTE AL SERVICIO DE LA TRADICIÓN


El pueblo de Lagartera, en la comarca toledana de la Campana de Oropesa, atesora una antigua tradición que cada año revive de la misma forma que lo hacía en siglos pasados. La Fiesta del Corpus Christi, de sabor antiguo, de gran colorido, donde el arte se pone al servicio de la tradición.

Esta fiesta según los documentos antiguos que se conservan en el archivo de la parroquia de Lagartera, tiene sus orígenes allá en el siglo XVI, momento en que se funda la Cofradía del Santísimo Sacramento. Estas Cofradías Sacramentales surgen en el citado siglo, después que Doña Teresa Enríquez, Señora de Torrijos, fundase en 1508 la primera Sacramental de España en esta villa cercana a Toledo. Es a partir de ese momento cuando empiezan a fundarse muchas otras a lo largo y ancho de España y Portugal de la mano de esta noble, conocida como “La Loca del Sacramento”, precisamente por esa gran devoción que profesaba a la Eucaristía. Estas Sacramentales, cuyo fin principal es dar gloria al Santísimo Sacramento, han sido a lo largo de los siglos las encargadas de preparar y presidir la fiesta del Corpus, acompañando y escoltando al Cuerpo de Cristo en las procesiones. Así ocurrió en Lagartera desde sus orígenes hasta su desaparición, momento en que entra en escena la Cofradía de la Vera Cruz que hasta nuestros días se ha venido encargando de presidir la fiesta dando escolta al Santísimo Sacramento en la procesión del Corpus Christi.

El Corpus de Lagartera es único por el patrimonio que se exhibe en la procesión, y por la particularidad de cada uno de los elementos que lo componen, así como por el ritual a la hora de prepararlo. A lo largo de todo el recorrido se colocan altares compuestos por verdaderas joyas de la artesanía y la religiosidad popular lagarteranas. Colchas, reposteros, pendones, cortinas, colchas de malla… en las que en todo momento están presentes los bordados que dan fama mundial a esta localidad toledana. Todos los altares siguen una misma línea a la hora de disponer las piezas que los componen. En el hueco que queda al abrir las puertas de la casa entre la entrada y el portal o acceso al patio, se coloca el “frontal” con una colcha calada. En la parte superior se pone otra colcha profusamente decorada a base de bordados y deshilados que recibe el nombre de “cielo”. En la parte superior de la puerta, ya en la fachada, se coloca la “delantera”, pieza de gran valor artístico por la gran cantidad de motivos que la componen, y a ambos lados a lo largo de toda la fachada, las “colchas de la Pasión”. Éstas últimas, de gran laboriosidad, reciben su nombre de los motivos que las componen que representan escenas de la Pasión de Cristo, así como de Santos, y la habitual representación de la Virgen del Rosario, patrona de Lagartera. Estas piezas están todas realizadas a base de deshilados y encajes, y son joyas que habitualmente datan de siglos pasados y que en Lagartera se custodian en las arcas familiares como preciadas herencias recibidas de generaciones anteriores. En el hueco central del altar se coloca la mesa, revestida cada año de la misma manera y en el mismo orden, y compuesta por varias piezas tradicionales: frontal de tisú, “sábana sacramental”, colcha de percal, “paño de los frailes”, y el “tapador”. A los pies del altar se extiende una vistosa alfombra sobre la que se coloca un cojín o almohadilla con bordados sobre la que se arrodillará el sacerdote para bendecir el altar con el Santísimo. Llama también la atención en el Corpus de Lagartera la gran cantidad de piezas de cerámica que se exhiben ese día en los altares, datando muchas de ellas de los siglos XVIII y XIX.

Sobre las citadas mesas de altar se colocan otras de las joyas por las que esta fiesta se convierte en única: las preciosas tallas barrocas del Niño Jesús, que en muchos casos datan de los siglos XVII y XVIII y que se guardan con celo en las casas de Lagartera. Llama poderosamente la atención la manera en que están vestidas estas imágenes, haciéndolo a la usanza lagarterana, con recreaciones de los distintos trajes tanto de mujer como de hombre que en esta localidad se pueden encontrar. Además estos Niños portan todo tipo de aderezos tradicionales y joyas que han servido de complemento al riquísimo traje lagarterano. Cuál fue mi sorpresa al observar que la mayoría de estos Divinos Infantes portaban en sus manos objetos que, a simple vista, bien pueden ser tomados como joyas o pequeños ornamentos. Rápidamente los identifiqué y asocié con el campo de la superstición, muy extendido hasta no hace muchas décadas en este enclave y pueblos circundantes, donde era muy habitual encontrar todo tipo de amuletos protectores contra el “mal de ojo”, “el daño que hace la Luna”, y otras muchas creencias que desde antiguo han sido practicadas y respetadas en estos lugares. Aparece muy bien recogido y exquisitamente descrito en el trabajo de Consolación González Casarrubios y Esperanza Sánchez Moreno, y que lleva por título “Folklore Toledano: Fiestas y Creencias”. Gran cantidad de esos pequeños ornamentos que encontramos hoy en el Corpus de Lagartera son: escapularios, los Evangelios o la Regla de San Benito que se introducían en pequeños sobres forrados de tela y que se colocaban en los fajeros que protegían el ombligo a los recién nacidos; pequeños amuletos en forma de pez, estrella o sirena, preservadores de los males que según las creencias hacía la Luna a los niños; esquilitas, pequeños cuernos habitualmente de ciervo… Era muy frecuente creer durante los primeros meses de vida del niño o la niña, que coincidían con el periodo de lactancia, en el mal de ojo o aojo, y en el influjo maligno de la luna o alunado. Se empleaban también mediaslunas y manilleras, tanto los bebés como sus madres, para preservarse del mal que hacía la Luna. Como vemos, una interesante muestra de algo que puede parecernos hoy tan simple o que algunos podrían no tomar en serio, pero que en otro tiempo tuvo suma importancia, más aún si la salud estaba en juego.


Las calles se alfombran de plantas aromáticas para recibir el paso de la custodia que contiene en su interior el Santísimo Sacramento, y que es portada por el señor cura bajo palio. Si los altares y los ornamentos son vistosos, no lo es menos el cortejo procesional en el que participan los estandartes de las distintas cofradías y hermandades, así como decenas de lagarteranos y lagarteranas vestidos con el traje tradicional. La vistosidad y riqueza de estas prendas que, en muchos casos pasan de generación en generación, hace que Lagartera sea conocida mundialmente por su traje que lucen sus gentes con orgullo. Decir Lagartera es hablar sus bordados, de su traje típico, y de su Corpus que encierra toda la esencia de lo puramente lagarterano. 

Amuleto en forma de sirena
Niño Jesús presidiendo un altar

Los evangelios, amuleto protector

El barroquismo del Corpus Lagarterano

La Regla de San Benito, amuleto

Niño Jesús vestido a la usanza lagarterana

La mesa de altar y sus diferentes ornamentos

Amuleto en forma de sirena

Tradición que pasa de madres a hijas

El maravilloso traje de las lagarteranas

El arte de ser lagarteranos

El Santísimo en uno de los altares

Medialuna o amuleto que se usaba para proteger de los males de la luna
Fuente consultada: GONZÁLEZ CASARRUBIOS, C. y SÁNCHEZ MORENO, E; Folklore Toledano: Fiestas y Creencias. Imprenta Gómez-Menor. Toledo, 1981.

*Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.

viernes, 5 de junio de 2015

ROMERÍAS EN LA CIUDAD DE TOLEDO (II): EL SANTO ÁNGEL CUSTODIO


Hace unos meses iniciaba este apartado dedicado a las romerías que tienen lugar a lo largo del año en Toledo. En esta nueva entrada traigo una que despierta gran interés entre toledanos y visitantes, no sólo por la celebración en sí, sino por el marco incomparable en que se celebra. Se trata de la Romería del Santo Ángel Custodio que cada año tiene lugar el tercer domingo del mes de mayo en el cigarral de su mismo nombre.

La Cofradía del Santo Ángel tiene su sede en la ermita que data del año 1633, cuyas trazas se atribuyen a Juan Bautista Monegro, y que se encuentra situada dentro del que presume de ser el cigarral más antiguo de Toledo.

Los cigarrales tienen su origen en los palacetes de recreo de época romana –villae romanas- y de época islámica. Se componen de una casa de recreo rodeada de grandes extensiones de campo donde se cultivan olivos o frutales, y de zonas ajardinadas provistas de bellos estanques, surtidores y fuentes, además de la casa de los cigarraleros o guardeses. Andando el tiempo los cigarrales se convierten en fincas destinadas al ocio y recreo de importantes personalidades de la sociedad toledana. Son una verdadera seña de identidad para Toledo. Tengo la enorme suerte y el orgullo de poder decir que mi familia materna siempre ha estado vinculada a la vida en el cigarral, no de manera directa –como propietarios-, sino haciendo las veces de cigarraleros. Mis bisabuelos Agapo y Eustaquia fueron guardeses durante varias décadas en el cigarral que el Conde de Romanones poseía en las proximidades del Cigarral del Santo Ángel que aquí nos ocupa. Mi abuelo pasó su infancia y juventud en el cigarral, allí celebró el banquete de su casamiento, y allí dieron sus primeros pasos mi madre, mi tío y muchos de mis primos. Es por ello que desde siempre esta rama de mi familia -los Martín-Payo- ha tenido especial vinculación con la Cofradía del Santo Ángel, a la que mi abuelo perteneció y a la que ahora pertenezco yo para continuar con tan entrañable tradición familiar.

El Cigarral del Santo Ángel Custodio se encuentra en uno de los márgenes del Tajo, divisando la Imperial Ciudad de Toledo. Data del siglo XI, y a lo largo de su historia ha tenido como propietarios a importantes personalidades entre las que se cuentan el rey moro Abd al-Aziz, el Marqués de Villena y el Cardenal Sandoval y Rojas, quien más tarde lo pasa a manos de los monjes capuchinos. Su última propietaria fue la escritora Doña Fina de Calderón. Se trata de un lugar idílico, de ensueño, fuente de inspiración para gran cantidad de poetas que hasta allí acudieron para disfrutar de la quietud, la paz y el sosiego, rodeados de la belleza sin par de los jardines, las fuentes, y de la sombra de las imponentes arboledas. Lugar legendario donde se sitúa precisamente la leyenda de “La Pesca de oro”, ocurrida en el enlace entre el rey moro Abdalaziz con la princesa cristiana Teresa de León, hija de Bermudo II y hermana de Alfonso V, rey de León. Cuenta que el banquete nupcial se sirvió en lujosas vajillas de oro y plata que se fueron arrojando al río según se agotaban las viandas. El rey moro con gran astucia y con el fin de sorprender a los invitados, mandó que varias barcazas ricamente engalanadas surcasen las aguas ante la expectación de todos los presentes. Provistos de redes, sacaron del río todos los elementos de la vajilla que habían sido arrojados al agua, y ante el asombro fueron obsequiados los invitados con tales piezas.

La Romería ha variado su fecha de celebración a lo largo del tiempo. En épocas pasadas me cuenta mi abuelo que se celebraba el segundo domingo de Pascua, es decir, el posterior al Domingo de Resurrección. Actualmente y desde hace algunas décadas tiene lugar el tercer domingo de mayo, único día en que se abren las puertas del cigarral y la ermita para poder acudir a la fiesta y a deleitarse con la belleza del conjunto.

La fiesta comienza el sábado por la tarde con la misa dedicada a los cofrades difuntos. El domingo es el día grande de la celebración y en el que acuden toledanos y curiosos en masa para poder disfrutar de esta bonita romería. Por la mañana tiene lugar la Santa Misa en el interior de la ermita, y seguidamente dan comienzo los festejos populares con el tradicional reparto de limonada, tostones y rosca en el denominado “Manantial del Santo”, lugar que la cofradía habilita para agasajar a cofrades y visitantes. Los romeros se congregan en torno a las mesas donde tienen lugar las tradicionales “quínolas” en las que se sortean varios productos como el jamón, los vinos y las roscas.

Ya por la tarde tiene lugar el momento más esperado: la procesión con la venerada imagen del Santo Ángel por los jardines del cigarral. A las siete en punto, y tras el lanzamiento de varias docenas de cohetes para anunciar la procesión, el Santo sale a hombros de sus cofrades, y va precedido por el estandarte del que cuelgan varias cintas que son portadas por niños y niñas vestidos de primera comunión y por otros que por devoción de sus padres también las cogen. A la llegada del Ángel a la ermita tras haber recorrido el cigarral, tiene lugar uno de los momentos más emocionantes. A los sones de la banda de música, los portadores del Santo bailan la imagen al tiempo que se produce una descarga de pétalos de flores que los devotos lanzan entre vivas y aplausos.

Antiguamente la imagen del Santo Ángel salía acompañada por la preciosa talla de la Virgen de los Cigarrales que se venera en la ermita, como así lo atestiguan los documentos gráficos que se conservan de otras épocas. Es tradición que ese día los hermanos cofrades paguen la cuota por pertenecer a la Cofradía, recibiendo como obsequio la tradicional rosca con anises que no falta en ninguna romería toledana. Me cuenta mi abuelo que antiguamente la cuota ascendía a dos reales.


Preciosas vistas de Toledo desde el Cigarral del Santo Ángel

La Virgen de los Cigarrales

Los márgenes del Tajo en las proximidades del Cigarral

Niños y niñas de comunión en la procesión

El Santo Ángel recorre los jardines del cigarral

La procesión de vuelta a la ermita


 *Todos los textos, así como las imágenes y archivos de vídeo son propiedad del autor.